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¿Por qué tantos jardines?

Con la publicación en A Buen Paso de  Teo Muchosdedos, la historia de un jardinero sencillo y de carácter amable pero de extraordinario talento, he pensado una vez más en la frecuencia con la que aparecen los jardines en mis historias. O esa es mi sensación, porque después, al hacer recuento, no he encontrado tantos ejemplos. Será que fantaseo con historias de jardines que nunca llegan a ver la luz.

by Pere Guinard to "Teo Muchosdedos" A Buen Paso 2017     Siempre he considerado que una de las grandes fortunas de mi infancia fue precisamente esa, tener dos jardines, el de mis abuelos paternos y el de los maternos, a disposición de mis hermanos y mía. Aunque los dos se encontraban en la provincia de Alicante, uno estaba en el interior, expuesto a un clima más continental, y el otro en una zona de huerta, cerca de la costa. Más que suficiente para que apenas se pareciesen. Lo que tenían en común era cierta decadencia y, sobre todo, la absoluta libertad que disfrutábamos en ellos.

El de mis abuelos paternos crecía alrededor de una casa que tenían en La Vega Baja del Segura, y que apenas utilizaban ya cuando nosotros nacimos. Es aquella una zona de huerta desde la que se intuye el mar, con impresionantes atardeceres sobre un horizonte de naranjos y recorrida por acequias en las que un día podíamos cazar culebrillas de agua y otro arrancar plantas de regaliz. Aquel jardín contaba con todo lo que un grupo de niños – nosotros somos cinco hermanos- podía desear. Una palmera altísima a la que en algún tiempo remoto, tan remoto como la juventud de mis tíos, un rayo había privado de copa, y un nogal majestuoso que cada otoño sembraba de frutos su sombra. Frente a la entrada a la casa, blanca y con persianas de madera verde en todos sus balcones, había un pozo encalado cuya acequia discurría bajo la casa, combando ligeramente su suelo, y junto a él, a ambos lados del camino, dos zonas de setos bajos, con disposición geométrica y alguna que otra escultura blanca asomando, que se convertían cada fin de semana sendos laberintos con enormes arañas de brillantes franjas amarillas, rojas o anaranjadas en su interior.

Rosales, limoneros, un granado, un árbol al que trepábamos tan fácilmente que lo llamábamos «el árbol de Tarzán», una zona de casas bajas, abandonadas por aquel entonces, donde habían vivido los trabajadores de la finca, y que ahora, cubiertas sus fachadas de esa buganvilla de color rosa violento que tan bien crece en el clima levantino, parecía una casita de cuento pensada solo para nosotros.

En la parte trasera, una vieja pista de tenis de suelo rojo, cuarteado por el abandono, un carro que se desmoronaba de año en año entre los pinos, esos pinos altos bajo los cuales dormían sus siestas de verano mis padres, como si sobre ellos el aire no vibrase sacudido por un zumbido de chicharras ensordecedor.

by Pere Guinard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017

Había, al menos los hubo durante algunos años, pavos reales que iban y venían a su antojo, y de los que tiempo después encontrabas plumas en los cajones de los grandes armarios de luna, o dispuestos, como un ramo, en jarritas de cerámica sobre las pesadas cómodas.

Cuando íbamos allí nos permitían una total libertad. Recorríamos los campos cercanos buscando moras, regaliz, habas tiernas, morera para los gusanos de seda. Ayudábamos a recoger las naranjas cuando estaba maduras, y durante semanas y semanas, tomábamos el zumo fresco sin saber que quizá nunca volviese a ser tan dulce, tan ácido, tan perfecto. Arrancábamos granadas del árbol y las desmenuzábamos sentados al sol del otoño, en los escalones de entrada. Subíamos a lo alto de la torrecilla que coronaba la casa y, desde allí, contemplábamos la huerta como un mar que rodease nuestro barco.

Muy a menudo, los esfuerzos de mis padres por tratar de domesticar aquel jardín de fin de semana en fin de semana, nos inspiraban a nosotros para imitarles. Recuerdo que durante un tiempo acaricié el proyecto, ambicioso y muy poco realista, de tener mi propio huerto en el interior de uno de aquellos círculos perfilados por el seto. Un jardín propio. Así que luchaba contra las malas hierbas, despejando un trozo del terreno, minúsculo, para descubrir, si es que recordaba mi proyecto el siguiente fin de semana, que prácticamente tenía que comenzar de cero.

by Pere Ginard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017El trabajo allí fue siempre una lucha contra el derrumbe del tiempo. La casa fue asaltada una y otra vez por ladrones que, sabiendo que nadie vivía allí entre semana, se llevaron recuerdos familiares, muebles, vajilla, todo lo que quisieron. Ahora esa casa es el Museo de la Huerta de Rojales, y aunque el jardín ha desaparecido, y muchísimas otras cosas, aún me da un vuelco el corazón cuando al visitarlo en alguna ocasión, veo las baldosas de cuando éramos niños, este o aquel detalle que ha sobrevivido. Nada es lo que era, es cierto, pero tenemos los recuerdos y la calidez de aquel sol de la huerta que, a pesar de los años, aún calienta.

El otro jardín, el de mis abuelos maternos, aún continua vivo. También él ha sufrido cambios y ya no es tan amplio como en la infancia. Pero es, y nos acompaña. En el corazón de un pueblo del interior de Alicante, entre pinares, bajo la mirada del castillo musulmán, allí pasábamos gran parte del verano. Solo ahora, que ya somos adultos y algunos de nosotros tienen niños, nos damos cuenta de lo agotador que debía ser tenernos a los cinco en la casa, y que solo debía ser posible resistirnos (y ni aún así) haciéndonos estar cuanto más tiempo mejor fuera de ella. Ese jardín estaba rodeado por muros que en aquel entonces eran muros encalados y grises por el musgo y los líquenes. Arcos con rosales se sucedían en las calles de la zona inferior, mientras el pinar ocupaba el nivel superior. Un cenador enorme, cubierto por completo por la yedra, hacía las funciones de casa en la que jugar. Parece que siempre necesitamos, de niños y de adultos, un lugar que sea nuestro. Un lugar, también, donde esconderse. Un lugar al que trepar, porque desde allí somos otros y vemos el mundo de un modo distinto.

by Pere Ginard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017

Jugábamos al pimpón, dábamos vueltas y más vueltas montados en nuestras bicicletas, construíamos refugios, simulábamos accidentes, ambulancias, hospitales. Olíamos el jazmín, ayudábamos, entre gritos, a regar cuando vaciaban la balsa de riego que nos servía de piscina, esa balsa en la que todos aprendimos a nadar. Comíamos helados, sentados en los columpios y hablando con nuestras primas mayores. Nos columpiábamos en la hamaca de cuerda trenzada, felices de habernos adelantado a todos los demás. Cuidábamos de los patos que cada principio de verano nos compraba mi abuelo Antonio, y que a lo largo de las semanas pasaban de ser unos simpáticos patitos amarillos a unas aves blancas y grandes que apenas se podían manejar.

Celebramos en ese jardín cumpleaños, comuniones, bautizos y bodas. Bajo los dos tilos, tomamos incontables aperitivos -los niños sin poder sentarse, abejeando alrededor hasta que nos despachaban para que les dejásemos tranquilos. Corriendo con alboroto bajo el arcoíris de agua que formaba mi abuelo con la manguera cuando regaba para que el suelo se asentase y no formase nubes de polvo. Partíamos almendras y piñones, ayudábamos a separar la oliva de las mil hojas y ramitas que se arrastraban con ella cuando, entre todos, recogíamos la cosecha en los campos del abuelo. Leíamos, bajo el cerezo, con esa provisión infinita de dulzura. Nos escondíamos y llorábamos. Nos peleábamos y resolvíamos nuestras peleas. Vivíamos tan plenamente como pueden vivirse los veranos de la infancia. El mundo parecía reducirse a ese jardín, y era suficiente.

by Pere Ginard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017

Fui muy feliz en esos dos jardines. En parte, imagino, porque siempre estuvieron de fondo aquellas personas de la familia que cuidaron de ellos. Mi padre, en su batalla perdida en aquel jardín exuberante de la huerta, con mi madre a su lado, quizá un poco menos convencida. Ella misma, años después, en el jardín que había sido de sus padres, curando con nuevas plantas, árboles, riego, poda, abono, las heridas que abrió en su día la pérdida de una parte importante del terreno. Mi abuelo Antonio, que algún año plantó tomates que los nietos devoramos en secreto. Mi tío Jose Mari, rastrillando los caminos uno y otro día, calmadamente, formando grandes montones de pinocha rojiza, o cúmulos de hojas amarillas de los tilos, un trabajo, en su opinión, del todo innecesario, pues en pocas horas los tilos dejarían caer otras tantas hojas de oro. Y era cierto.

Así que por eso aparecen tantos jardines en mis historias, y seguirán con seguridad apareciendo. Porque, en compañía de las personas que quieres o con su recuerdo acompañándote, son un lugar seguro donde ser felices.

 

Teo Muchosdedos, del jardín a tu librería

Teo Muchosdedos es un cuento sobre jardines. Sobre arbustos, tijeras, burros de ojos dulces, granjeros amables, vecinos cotillas, caballeros soberbios y visitas en carroza.

Este es un cuento sobre un hombre modesto y un hombre poderoso. Sobre los pequeños placeres y las grandes ambiciones. Sobre pasteles de manzana y bolsas repletas de oro.

Este es un cuento sobre magnolios, cerezos, zanahorias y tomates, ¡muchos tomates! Pero sobre todo es un cuento sobre la perseverancia y el amor por las cosas bien hechas.

Editado por A Buen Paso, Barcelona, octubre 2017

Ilustraciones de Pere Ginard

Lee aquí las primeras páginas

 

 

Teo Muchosdedos

Termina el verano y es el momento de ultimar algunos detalles de los libros que saldrán este otoño. En este momento estamos terminando de dejar listo Teo Muchosdedos, un libro ilustrado por Pere Ginard y publicado por A Buen Paso que llegará a las librerías entre octubre y noviembre.

Pruebas de maquetación, correcciones, últimos cambios… En el caso de los libros ilustrados, álbumes y libros informativos este es un momento doblemente interesante para mí. Por una parte, tienes por primera vez una visión de conjunto del trabajo que han estado realizando los otros miembros del equipo: editora, ilustrador, diseñador. Ahora es un poco menos tuyo y más de todos, y en ese gesto el texto ha crecido, se ha enriquecido y, con un poco de suerte, ha ganado en niveles de interpretación. Por otra parte, ahora que el libro comienza realmente a tomar forma  te enfrentas nuevamente al texto tratando de mantener cierta distancia que te permita ser precisa. Precisa para hacer las correcciones necesarias, pero no más. Precisa para limpiar y despejar, pero no traicionar el tono del texto. Precisa para mejorar, pero no volver loco al maquetador con tus cambios, priorizando lo necesario y aceptando que todo texto podría mantenerse vivo y cambiante a lo largo de tu vida.

ilustración de Pere Ginard para «Teo Muchosdedos», editorial A Buen Paso 2017

 

Teo Muchosdedos es un cuento sobre jardines y jardineros, sobre la paciencia y el amor por los detalles, sobre la capacidad que tiene el trabajo bien hecho de hacernos felices. Y cuando me siento ahora a escribir sobre su inminente llegada a las librerías, eligiendo algunas de las ilustraciones que ha realizado Pere Ginard y pensando en el cuidadoso trabajo de la editora de A Buen Paso, Arianna Squilloni y en el trabajo siempre esencial del diseñador, Miquel Puig, me doy cuenta de que ese mismo amor de Teo por los jardines lo tenemos muchos por los libros. O por los jardines y los libros. O por los jardines, los libros y  las personas que viven de este modo, tratando de que cada nuevo trabajo sea algo especial, algo en lo que volcar lo que sabemos para que crezca y perdure lo que tenga que perdurar (quizá una radiante estación, quizá cien sabios años).

 

Hablando de marcianos

Un periodista en el bolsillo es un estupendo blog sobre ilustración a cargo del periodista Jose Antonio Barrionuevo. Lo cuidado de su selección y su serio compromiso  por mantener un saludable equilibrio entre poderosas imágenes y un contenido de calidad hacen que sea un placer leerlo. Los procesos creativos de ilustradores y también de autores van quedando recogidos a lo largo de sus entrevistas y artículos. Preocupaciones, aspiraciones, éxitos, laboriosidad, trabajo en soledad, trabajo en equipo, claves personales, fuentes de inspiración… cada entrevista aporta algo, pero leerlo como costumbre permite llegar un poco más lejos.

Por todo ello es una gran alegría, y también un motivo de orgullo, participar por segunda vez en este proyecto, en esta ocasión para hablar junto a Miguel Pang de nuestra querida Invasión Marciana, publicada por Arianna Squilloni en A Buen Paso.

Sin duda un blog para llevar en el bolsillo.

 

¿Cómo llegaron los marcianos?

Estaba en la calle Wellington el día que llegaron los marcianos. Hasta aquella semana de agosto no supe que en Barcelona existía una calle que llevase ese nombre. No solo tenía nombre de calle de cuento inglés, de un Peter Pan por ejemplo, sino que parecía salida, al menos un fragmento de ella, de un álbum de Anthony Brown, con un largo muro de piedra a un lado, tras el que se veían copas de árboles, y una ancha franja de césped verde sobre la que corrían los raíles del silencioso tranvía. Era, pues, una calle muy especial, y yo me alojaba temporalmente en uno de sus edificios, en un pequeño apartamento desde cuyo balcón, alto como un nido, podía contemplarse un horizonte de edificios y, a nuestros pies, el parque de la Ciutadella. Y lo que es más importante para nuestra historia, un balcón hasta el que llegaban, flotando, trepando, volando, los sonidos del zoo que este parque alberga.

Fueron la mezcla de todos estos factores, y en especial las misteriosas voces que ascendían a primera y última hora del día, sonidos de pájaros, elefantes, monos, lo que me llevaron una mañana a sentarme en el parque y comenzar a escribir lo que en aquel primer impulso pensé que sería una historia sobre un zoo. Y de algún modo lo fue, pero las primeras palabras que escribí fueron: “Aquel agosto el cielo se llenó de soles. Pero no eran soles, era la Invasión Marciana. La Primera Invasión Marciana, cuando aún no estábamos seguros de si ellos existían. Eso fue hace mucho, yo tenía entonces ocho años y miraba desde el balcón de mi casa como el cielo se llenaba de luces brillantes, gigantescas, como si realmente en vez de un sol hubiese docenas de ellos, y todo se volvía blanco, pálido, bajo aquella luz tan intensa.”

Y la historia siguió y siguió, fluyendo como una desearía que fluyesen todas las historias, llevándome por derroteros imprevisibles pero conteniendo dentro de sí, misteriosamente, todo aquello que la había nutrido.

tentetiesos-marcianos-Miguel-PangLuego la historia terminó en manos de mi marciana favorita, Arianna Squilloni, editora de A buen paso, mujer enamorada de los libros, con una mirada valiente y personal que logra contagiar a su trabajo, consiguiendo que su catálogo sea un compendio de seres exóticos, todos distintos, todos misteriosos. Ella fue quien puso los marcianos en manos de Miguel Pang, sabiendo ver toda la fuerza y la riqueza de su universo visual, que queda reflejado en unas ilustraciones muy personales, alejadas de tendencias y concesiones, llenas de detalles de ternura, de colores explorados, perseguidos, encontrados. De movimiento y de guiños a su propia cotidianidad, lo que da una densidad especial al cuento.

Tampoco puedo olvidar al hombre en la sombra, Miquel Puig, el diseñador que trabaja mano a mano con Arianna, y que con ella logró darle al libro esos detalles, ese acabado cuidado y medido que distingue los libros de la editorial. Aún no he tenido oportunidad de conocerlo, pero le veo en las páginas de La invasión marciana tanto como al resto del equipo.

Ha sido un placer trabajar con ellos durante el tiempo en el que el libro fue tomando forma. Surgieron nuevos proyectos y, sobre todo, aquí, al otro lado de ese proceso, no solo hay un libro muy especial, sino nuevas amistades y vínculos.

El pasado miércoles, el 26 de febrero, Arianna, Arnal Ballester, ilustrador y mentor de ilustradores, Miguel Pang y yo, presentamos esta historia en la extraordinaria librería infantil Abracadabra, en Barcelona. Hubieron gominolas azules en honor a los marcianos y, además de un montón de amigos, nos acompañaron Genaro y Gerardo, dos amables geranios muy interesados en el mundo de la literatura infantil.

gominolas-marcianas

Fue una tarde estupenda. Ricardo, corazón pensante de la librería, tiene tal selección de libros que una se sentía en el paraíso (¡pero sin tiempo para disfrutarlo como se merecía!). Ilustradores, amigos y lectores nos acompañaron cálida y generosamente. Miguel Pang personalizó los libros con sellos de naves espaciales, y pintó para la ocasión dos preciosos tentetiesos de madera, con un tintineante interior, que transformó así en dos auténticos marcianos para que también ellos estuviesen representados. Brindamos por la Invasión y el círculo barcelonés terminó de cerrarse, a no tanta distancia del parque de la Ciutadella y la calle Wellington, donde los animales también desean, estoy segura, que lleguen los marcianos.

 

Miguel Pang y La invasión marciana en la Feria de Bolonia 2014

Dentro de unas semanas la editorial  A Buen Paso, ubicada en Barcelona y llevada con maestría y cariño por Arianna Squilloni, publicará La Invasión Marciana, un álbum ilustrado por Miguel Pang y escrito por mí.

Las ilustraciones de Miguel, fruto de un trabajo cuidadoso y tan personal como nos tiene acostumbrados, son fascinantes y una puede pasarse largo rato contemplándolas y descubriendo pequeños detalles que conectan con la parte más emocional de la historia.

Ayer, uniéndose a nuestra ilusión por el «parto» inminente, recibimos la noticia de que Miguel había sido seleccionado por este trabajo para la muestra anual de ilustradores de todo el mundo que realiza la Feria del Libro Ilustrado de Bolonia, la más importante en su ámbito. Felicidades a Miguel, y también a Arianna, que ha hecho posible este proyecto.

Miguel Pang y sus marcianos

¡Primeros bocetos de Miguel Pang para nuestro cuento: La Invasión Marciana!

Aquel agosto el cielo se llenó de soles. Pero no eran soles, era la Invasión Marciana. La Primera Invasión Marciana, cuando aún no estábamos seguros de si ellos existían. Eso fue hace mucho, yo tenía entonces ocho años y miraba desde el balcón de mi casa como el cielo se llenaba de luces brillantes, gigantescas, como si realmente en vez de un sol hubiese docenas de ellos, y todo se volvía blanco, pálido, bajo aquella luz tan intensa.”

¡Próximamente en A Buen Paso!

Miguel Pang y La invasión marciana

Comienzan a llegar los primeros bocetos de Miguel Pan Ly para La Invasión Marciana, el cuento que Arianna Squilloni publicará próximamente en A Buen Paso.

La historia cuenta la Verdadera Historia de la I Invasión Marciana, cuando aún creíamos que estábamos solos en el universo, y como aquel encuentro cambió por completo nuestra visión de los demás seres vivos y nuestra relación con ellos.

Miguel tiene un trabajo muy personal, como podéis ver en su web, y está claro que tanto él como Arianna son capaces de asumir riesgos, así que estoy realmente impaciente por ver el resultado.

Os mantendré informados…