Días en la Biblioteca Internacional de los Jóvenes, Múnich (I)

 Hay personas que pasan media vida deseando visitar París, pisar por una vez el campo de fútbol de su equipo, contemplar una aurora boreal, despertarse una mañana en la sabana africana y encontrarse con la naturaleza tal y como aprendimos a soñarla. Son deseos que aparecen de forma muy distinta, a veces abriéndose paso con claridad, otras veces sin que les demos importancia, pero persistiendo a través de los años, hasta redescubrirlos un día como parte de esas experiencias que dan forma a la vida que ansiamos.

Yo tropecé con mi propio anhelo, algo infantil, algo caprichoso, hace diez o doce años. No era una montaña, ni un parque de atracciones, ni luces verdes en el cielo, era un castillo lleno de libros.

Leí sobre su existencia en una revista especializada en literatura infantil. Se trataba de un artículo en blanco y negro, con una de esas fotografías antiguas a las que no ayudan las malas reproducciones. Se veía el castillo de Blutenburg, a las afueras de Múnich, en el que está ubicada la Biblioteca Internacional de la Juventud. En otra imagen aparecía una mujer alta y fuerte, o eso me pareció, vestida con un uniforme militar y junto a un par de señores de gesto serio. El nombre de esa mujer es Jella Lepman. Ella fue quien fundó la Biblioteca tras la II Guerra Mundial, con la esperanza de que los libros infantiles fuesen un camino para construir un mundo mejor y en paz. El comienzo de una cultura común en el que la diversidad fuese algo que celebrar. Esa biblioteca, la Internationale Jugendbibliothek, es hoy, en día biblioteca más importante del mundo en Literatura Infantil y Juvenil, un lugar en el que se esfuerzan por reunir libros de todos los países del mundo, en todos los idiomas, para leerlos, conservarlos, compartirlos, pensar sobre ellos y aprender. Un lugar al que peregrinan especialistas de todo el mundo para ampliar su formación.

¿Por qué me impactó tanto en aquel momento descubrir la existencia de esa biblioteca? ¿Qué esperaba encontrar allí? Ni siquiera hoy puedo concretarlo, aunque sospecho que todos esos deseos poco conectados con nuestro día a día tiene en su origen alguna carencia. Lo que no tiene nada de malo. Aquello que nos falta es un poderoso motor que nos mantiene en movimiento. Incluso aunque ese sueño suponga una evidente idealización. Deseas ir a París porque el amor allí será más dulce. En Disneylandia los recuerdos resistirán el paso del tiempo, fijando una felicidad huidiza. Tras visitar el campo de tu equipo, la experiencia de verlos por la televisión resultará completa por fin. Las auroras boreales nos harán sentirnos especiales, nos permitirán demostrarnos, y demostrar a los demás, que en nuestra vida aún dejamos espacio para lo extraordinario. La sabana africana nos resarcirá del tiempo y el lugar en el que nacimos, alejados del contacto con la tierra, con la esencia y la belleza del mundo.

En mi caso, imaginaba que una estancia en la Biblioteca me ayudaría a sentirme más preparada para escribir, más legitimada, al menos, para intentarlo. Esperaba encontrar una revelación que marcase mi camino. No sentirme tan sola con mi búsqueda. Poder ofrecer, tras la visita, opiniones claras y contundentes, no solo preguntas. Una estancia en la Biblioteca me haría, en definitiva, una persona más segura y más capaz. Una mejor escritora.

Pese al tiempo que ha pasado, probablemente una parte de mí sigue ansiando lo mismo. Aprender. Ampliar de algún modo la mirada, descubrir libros que me ayuden a ver un poco más, o con más profundidad. Encontrar compañía en este aprendizaje. Porque no es aprendizaje glorioso, aunque sí feliz. Quiero decir, que aprendo torpemente, sin saber en absoluto si aprendo realmente, dando vueltas y más vueltas, deshaciendo el camino recorrido para darme cuenta, al cabo de unos días, de que ya tenía la respuesta y me había olvidado de ella. A veces puede ser frustrante, pero es importante saberlo y compartirlo.

Alimentar el mito de que las historias se escriben sin resistencia, que para ser un auténtico escritor, un escritor válido, tienen que aparecer ante ti intactas, perfectas, a falta de solo pequeños retoques, es lanzarse a luchar contra el dragón con las manos desnudas. No, cualquiera que sepa de dragones sabe que algo ayuda llevar cota y espada, utilizar el ingenio y contar con amigos.

A lo largo de los siguientes años, de vez en cuando, recordaba aquel lugar del que había leído y con el tiempo también oí hablar de él a personas que habían realizado estancias en la biblioteca.

Había becas para investigadores. Pero, ¿qué quería yo investigar? Sencillamente quería saber más, maravillarme, ir donde no esperaba, escribir, pensar, reflexionar sobre mi trabajo y los desafíos que no hay que perder de vista. No creo que fuese un proyecto de investigación convincente.

Además, tengo que confesarlo, solo hablo español. Es una de mis grandes penas (que debería ser capaz de resolver de una vez). Al leer las bases todas mis esperanzas desaparecieron, pues es imprescindible un dominio razonable del inglés o el alemán. Afortunadamente, mi pareja, que es profesor de Biología en la Universidad y entusiasta divulgador de su disciplina tanto para adultos como para niños, también sintió deseos de conocer este lugar y descubrir qué podíamos aprender aquí. Él, como buen científico, en seguida tuvo un proyecto sensato, medible y práctico: analizar la imagen de los científicos en los libros infantiles. Otro día hablaremos de esto, de momento lo que nos interesa es que él recibió la beca y yo le he acompañado para, de forma independiente, sumergirme en esta biblioteca.

Y, en fin, después de muchos años aquí estoy, en la Internationale Jugendbibliothek de Múnich, en el castillo de aquella fotografía en blanco y negro, ahora con todos los colores del otoño, comenzando a buscar libros tímidamente, comunicándome con sonrisas más que con palabras y preguntándome en qué se convierte aquello que sueñas una vez que tienes la oportunidad de vivirlo.