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¿Cómo llegaron los marcianos?

Estaba en la calle Wellington el día que llegaron los marcianos. Hasta aquella semana de agosto no supe que en Barcelona existía una calle que llevase ese nombre. No solo tenía nombre de calle de cuento inglés, de un Peter Pan por ejemplo, sino que parecía salida, al menos un fragmento de ella, de un álbum de Anthony Brown, con un largo muro de piedra a un lado, tras el que se veían copas de árboles, y una ancha franja de césped verde sobre la que corrían los raíles del silencioso tranvía. Era, pues, una calle muy especial, y yo me alojaba temporalmente en uno de sus edificios, en un pequeño apartamento desde cuyo balcón, alto como un nido, podía contemplarse un horizonte de edificios y, a nuestros pies, el parque de la Ciutadella. Y lo que es más importante para nuestra historia, un balcón hasta el que llegaban, flotando, trepando, volando, los sonidos del zoo que este parque alberga.

Fueron la mezcla de todos estos factores, y en especial las misteriosas voces que ascendían a primera y última hora del día, sonidos de pájaros, elefantes, monos, lo que me llevaron una mañana a sentarme en el parque y comenzar a escribir lo que en aquel primer impulso pensé que sería una historia sobre un zoo. Y de algún modo lo fue, pero las primeras palabras que escribí fueron: “Aquel agosto el cielo se llenó de soles. Pero no eran soles, era la Invasión Marciana. La Primera Invasión Marciana, cuando aún no estábamos seguros de si ellos existían. Eso fue hace mucho, yo tenía entonces ocho años y miraba desde el balcón de mi casa como el cielo se llenaba de luces brillantes, gigantescas, como si realmente en vez de un sol hubiese docenas de ellos, y todo se volvía blanco, pálido, bajo aquella luz tan intensa.”

Y la historia siguió y siguió, fluyendo como una desearía que fluyesen todas las historias, llevándome por derroteros imprevisibles pero conteniendo dentro de sí, misteriosamente, todo aquello que la había nutrido.

tentetiesos-marcianos-Miguel-PangLuego la historia terminó en manos de mi marciana favorita, Arianna Squilloni, editora de A buen paso, mujer enamorada de los libros, con una mirada valiente y personal que logra contagiar a su trabajo, consiguiendo que su catálogo sea un compendio de seres exóticos, todos distintos, todos misteriosos. Ella fue quien puso los marcianos en manos de Miguel Pang, sabiendo ver toda la fuerza y la riqueza de su universo visual, que queda reflejado en unas ilustraciones muy personales, alejadas de tendencias y concesiones, llenas de detalles de ternura, de colores explorados, perseguidos, encontrados. De movimiento y de guiños a su propia cotidianidad, lo que da una densidad especial al cuento.

Tampoco puedo olvidar al hombre en la sombra, Miquel Puig, el diseñador que trabaja mano a mano con Arianna, y que con ella logró darle al libro esos detalles, ese acabado cuidado y medido que distingue los libros de la editorial. Aún no he tenido oportunidad de conocerlo, pero le veo en las páginas de La invasión marciana tanto como al resto del equipo.

Ha sido un placer trabajar con ellos durante el tiempo en el que el libro fue tomando forma. Surgieron nuevos proyectos y, sobre todo, aquí, al otro lado de ese proceso, no solo hay un libro muy especial, sino nuevas amistades y vínculos.

El pasado miércoles, el 26 de febrero, Arianna, Arnal Ballester, ilustrador y mentor de ilustradores, Miguel Pang y yo, presentamos esta historia en la extraordinaria librería infantil Abracadabra, en Barcelona. Hubieron gominolas azules en honor a los marcianos y, además de un montón de amigos, nos acompañaron Genaro y Gerardo, dos amables geranios muy interesados en el mundo de la literatura infantil.

gominolas-marcianas

Fue una tarde estupenda. Ricardo, corazón pensante de la librería, tiene tal selección de libros que una se sentía en el paraíso (¡pero sin tiempo para disfrutarlo como se merecía!). Ilustradores, amigos y lectores nos acompañaron cálida y generosamente. Miguel Pang personalizó los libros con sellos de naves espaciales, y pintó para la ocasión dos preciosos tentetiesos de madera, con un tintineante interior, que transformó así en dos auténticos marcianos para que también ellos estuviesen representados. Brindamos por la Invasión y el círculo barcelonés terminó de cerrarse, a no tanta distancia del parque de la Ciutadella y la calle Wellington, donde los animales también desean, estoy segura, que lleguen los marcianos.

 

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