Entrevista El Templo de las Mil Puertas

 

Por Gabriela Portillo, julio 2018

Entrevista que apareció este mes de julio en el número 64 del Templo de las Mil Puertas, la revista online sobre literatura juvenil. Gracias Gabriela por la oportunidad de hablar sobre  mi trabajo y compartirlo con los lectores. 

– Tu obra es tan ecléctica (álbum ilustrado, novela de aventuras, guías…) que cuesta presentarte. Así pues, ¿quién dirías tú que es Catalina González Vilar, la autora? 

No había pensado antes en mi trabajo en esos términos. Ecléctico es una palabra bonita y me hace pensar en algo dinámico, abierto, que explora. También podría ser un batiburrillo sin mucho sentido. Espero que este caso sea el resultado de curiosidad + libertad + oportunidades.

Para mí todo se trata de escribir, de tantear el mundo y contar historias, ya sean de ficción, como en mis novelas para niños y jóvenes, de no ficción, como en el libro informativo sobre la moda, o mano a mano con las imágenes, como sucede en los álbumes. Contar historias, contar el mundo, aprender acerca de temas que me interesan, proponer un juego al lector, disfrutar juntos de algo que me emociona y ha ido creciendo en mi mente.

Soy una persona que escribe, que ama escribir. Pienso mejor escribiendo, más ordenadamente, con más profundidad. También, en mi caso, la imaginación se ordena y crece mejor en la escritura. Me gusta muchísimo leer. Más que eso. Leer es parte de mi vida, de mi conversación con la realidad, con los demás y conmigo misma. Y escribir es una extensión de eso, de algún modo, una forma de participar de esa conversación con los otros.

– ¿Y si fueses un libro? ¿Cómo serías?  

Si fuese un libro… nunca lo había pensado. Sería tentador elegir una gran novela o un libro de poemas auténticos y vitales. Pero creo que elegiré algo más prosaico pero más lleno de posibilidades, que es algo importante, un una única historia sino la posibilidad de inventarte. Así que elegiría uno de esos libros para chicos y chicas llenos de preguntas y respuestas. Un libro hecho con pasión y lleno de curiosidades, de cosas muy diversas: cómo estalla un volcán, cómo construir una casa en un árbol, en qué consistía en lenguaje de los abanicos, cómo arreglar un pinchazo en tu bicicleta, un poema sobre unas uvas al sol, cuál es la historia de los azulejos de Iznik… Un libro robusto, fuerte, que aguante aventuras, que permita ser llevado de aquí para allá. Que esté a mitad camino entre lo sugestivo y una realidad palpable y cotidiana, y que pueda ser todo lo que tú estés dispuesto a ser, en función de cómo lo vivas. Herramientas para vivir, cosas inútiles pero que produce placer saber, o risa, o que te hacen desear otras cosas que ni siquiera aún conoces. Quiero decir, que hay mucho de muchas cosas en mí, en una mezcolanza un poco caótica pero llena de entusiasmos, y es esa pasión por esto o por aquello, esta emoción por un detalle, esta curiosidad, la que aflora en mis relatos, la que se convierte en motor de la escritura.

– En Dentro de tu armario recoges «Todo lo que necesitas saber sobre el mundo de la moda»; ¿cómo organizaste el proceso de documentación y filtrado de toda esa información? 

Es una buena pregunta, porque el proceso de documentación fue todo un placer, pero el desafío fue la tarea de ordenar, seleccionar y dar una forma a todo eso que me parecía tan interesante, tan motivador, tan revelador.

Dentro de tu armario comenzó como un proyecto personal. Desde hacía años, por curiosidad y por placer, además de para poder vestir apropiadamente a mis personajes, leía libros sobre la historia de la moda, sobre cómo nos hemos vestido a través del tiempo y todo lo que está conectado con este ámbito, que es… ¡todo! Descubrí así que es un tema te lleva de la mano a comprender mejor cómo ha evolucionado la industria, la tecnología, los materiales, la creatividad, la moral, las otras culturas, la identidad, el arte, la guerra… ¡Tantas cosas!

Así que había muchos temas entrecruzándose, y precisamente quería transmitir esa idea en el libro, por lo que pasé bastante tiempo trabajando en un índice que me permitiese organizarla de un modo que tuviese sentido y permitiese una lectura tanto salteada como lineal. Quería abrir puertas y que se pudiese echar un vistazo a este o aquel tema, con anécdotas y curiosidades que a mí me habían encantado, y que fuese una invitación a seguir investigando en la dirección que más sugerente nos resultase.

El libro está dividido en tres bloques: el vestido, su historia y la industria que hay detrás. En el primero nos encontramos con la ropa como objeto físico, como si tomásemos una prenda en nuestras manos y la observásemos pro primera vez, preguntándonos cómo está hecha, para qué la utilizamos, qué elementos la componen. El segundo bloque es un recorrido sobre la historia del vestido, a través de curiosidades y anécdotas, que nos permite leer de otro modo cómo nos vestimos hoy, de dónde vienen determinadas prendas, formas y convenciones. Por último, el tercer bloque está destinado a la industria y a los oficios en torno a la moda. Aquí confluyen muchos temas distintos, tecnología, arte, economía, publicidad, sostenibilidad…

En cada capítulo, a través de referencias de libros, blogs, películas, documentales, museos, tutoriales, tratamos también de abrir ventanas que llevasen más allá del libro, que permitiesen al lector seguir explorando.

– Extrapolando el mundo de la moda a la literatura, ¿cómo de importante consideras la estética de los libros? ¿Ha cambiado tu perspectiva al trabajar en tantos libros ilustrados?

Me encantan los libros cuidados, con buena tipografía, espacio suficiente, un papel agradable, resistentes y con una portada tan cuidada que quieras ponerlos de frente y no de canto en tus estanterías. Dicho esto, leería una buena historia como fuese, en papel cutre y con un diseño espantoso… si no hubiese más remedio. Pero sí, los buenos textos bien editados son un placer, y puedes mirarlos, ahí cerrados sobre tu mesa o en tu librería, y deleitarte, y te hacen compañía a lo largo de los años, y das gracias para tus adentros, casi sin darte cuenta, a ese editor que, junto a su equipo, tomó determinadas decisiones, hizo con amor su trabajo y creó un objeto tan hermoso.

Trabajar con ilustradores y editores en álbumes ilustrados me ha permitido educar la mirada, aprender de ellos, forzarme a mí misma a analizar y tomar una postura, algo que te hace ser más consciente y responsable de tus criterios. El mundo de los álbumes, donde la imagen y el textos, según la definición clásica, tienen una importancia similar (aunque puede haber álbumes sin palabras), puede ser enormemente creativo. De algún modo, en este ámbito todo es posible. Hay editoriales experimentando con formatos, materiales, tipos de tinta, efectos ópticos, tipos de letra, de maquetación. Y luego está la ilustración. Un mundo asombroso en el que se puede arriesgar de cero a mil. Eso sí, cuanto más personal y arriesgado más incierto es su éxito, pero así funciona en todos los campos. La apuesta depende de cada uno, de sus talentos, de sus motivaciones, del libro que desees crear.

– Has recibido numerosos reconocimientos: Premio Barco de Vapor 2012 (El secreto del huevo azul), Premio Villa Pozuelo de Alarcón de Novela Juvenil 2011 (Los coleccionistas), Premio Internacional Álbum Ilustrado Edelvives 2016 (La familia de la vajilla impar), Las lágrimas de Naraguyá es finalista del Premio Hache 2019… ¿Qué supone cada nuevo galardón para ti?

Premios Barco de Vapor 2012

Todos los premios y reconocimientos que he recibido han sido muy bienvenidos. Cada uno, en su momento, fueron una inyección de ánimo, un momento de alegría y de emoción. Los premios han dado a esos trabajos cierta proyección, han sido libros cuidados por las editoriales y me han permitido ganar algo de dinero extra, fundamental para poder seguir escribiendo. También me abrieron puertas en el mundo editorial, al menos como tarjeta de presentación, y eso es algo de agradecer.

Dicho esto, que es todo bueno, es importante no caer en la tentación de que los premios sean la validación de tu trabajo, porque quizá ya no llegue ninguno más, o los que marquen tu rumbo, porque hay libros que deseas escribir y que nunca tendrán una oportunidad en ninguno de esos premios.

– En Las lágrimas de Naraguyá recuperas el espíritu de las novelas clásicas de aventuras, basadas en el progreso industrial y tecnológico y las grandes expediciones, e incorporas el elemento fantástico desde la mitología amazónica. ¿Qué te llevó a contar esta historia? ¿Tenías algún referente en mente?

Me gustan las historias de aventuras. De niña y adolescente leí muchas que corresponden con ese formato clásico. Una historia en la que los protagonistas se ven expulsados de los límites familiares y seguros que conocían, viéndose obligados a afrontar una sucesión de desafíos inesperados con los que lidian y que les permiten comenzar a descubrir el mundo, con sus peligros y sus maravillas, y a sí mismos, con su valor, su cobardía, sus límites y sus posibilidades inesperadas. Vamos, la vida misma.

Seguro que todas esas lecturas me influyeron. Las influencias no siempre te resultan claras a ti misma. Y, además, a veces no descubres hasta tiempo después de haber terminado de escribir. Por ejemplo, en algún momento me di cuenta de que de niña había leído un cómic, protagonizado por Mickey Mouse y Goofy, en el que ambos viajaban, en un clásico viaje de aventuras por la selva, en busca de unas rosas de color negro. No recuerdo apenas nada de esa historia, que debí de leer con 6 o 7 años, calculo, pero sé que me encantó. Si, muchos años después, dos de mis protagonistas emprenden un viaje a la selva en el que buscan un tipo de flores carnívoras, aunque la historia no tenga nada que ver y ni siquiera la recordase en ese momento, ¿cómo no pensar que estoy tratando de atrapar, de revivir, de volver a saborear, esta vez como escritora, la emoción que sentí de niña con aquel cómic? Seguro que sí.

– En cambio, Los coleccionistas transcurre en un pequeño pueblo de Italia. El museo de colecciones vuelve a abrir sus puertas pese al avance de la guerra. Esta dicotomía entre el optimismo y los finales agridulces aparece también en Las lágrimas de Naraguyá. ¿Tus finales surgen a medida que escribes la historia o los concibes desde el principio? 

Premio Villa Pozuelo de Alarcón de Novela Juvenil 2011

Generalmente tengo una idea aproximada, como un final de camino que diviso a lo lejos. A veces puede ser más bien una sensación, quizá la certeza de que será un final feliz, o tal vez melancólico, o es posible que incierto. Y a medida que avanzo esto se va concretando, va tomando una forma definida que casi siempre coincide con esa primera intuición. Hay quien recomienda tener muy claro el final desde el principio, y me parece que en parte tienen razón. Yo no soy de las que diseñan claramente la trama. Voy explorando y descubriendo a medida que escribo, lo que, personalmente, me permite vivir el proceso con más emoción. Aún así, creo que el final debería ser parte de los trazos maestros que han de guiarte desde el comienzo. Un puerto seguro hacia el que avanzar.

– Tus personajes son muy curiosos, y quien no colecciona meteoritos tiene un museo de antigüedades o parte de expedición en expedición hasta los confines del mundo. ¿Tienes alguna peculiaridad como las de tus personajes? ¿Qué encontraríamos en la colección personal de Anilatac Zelaznog Raliv?

 Me gustan los personajes que sienten pasión por algo. En realidad, me gustan las personas que tienen esa rasgo. La pasión por algo. No importa tanto el qué, aunque evidentemente sentiré más afinidad por ciertos temas, como la motivación misma, la pasión por conocer, comprender, a veces atesorar. Algo que nos encanta, de un modo a veces un poco infantil, en el mejor sentido, y de lo que seguimos aprendiendo y aprendiendo, y cuanto más sabemos más apreciamos y más placer extraemos de ahí. Se convierte en un motor más de la vida, que nos mantiene despiertos. Y que, al compartirse, nos permite a los demás asomarnos a realidades nuevas. Es la particularidad de cada uno. Es el reflejo de aquello a lo que prestamos atención. La diversidad.

Mi pasión son los libros, indudablemente, y esto es lo que encontraríamos en mi colección personal (por cierto, veo que has leído El secreto del huevo azul). Es lo único que realmente atesoro. Leer y escribir, y todo lo que gira en torno a eso. Ese es mi territorio y de lo que puedo hablar durante horas. Lo que veo en mis paseos por la ciudad, lo que regalo, lo que comparto. Hay otras muchas cosas, afortunadamente, pero los libros son mi piedra de toque.

– Además, muchos de ellos son niños y siempre podemos ver la influencia de la familia, ya sea por su ausencia o presencia. ¿Cambias de registro según el público al que te dirijas?

La vajilla de la familia impar, Edelvives 2016

En realidad el registro lo marca la propia historia. Comienzo a escribir y a medida que la novela o el cuento toma forma me queda más claro para qué tipo de público será. Esto, en cualquier caso, no suele ser algo rígido. Puedo imaginarme, de forma poco concreta, un público que escucha mientras escribo, y mi voz de narradora trata de seducirles, de llevarles a través de mi relato, más o menos juguetona, más o menos intensa, seria o desafiante. Al final son los editores quienes terminan de definir para qué público puede resultar interesante. Y los propios lectores, por supuesto, que son quienes eligen y descubren.

– No solo ellos viajan incansablemente: sabemos que visitaste las localizaciones de Las lágrimas de Naraguyá, que recientemente has pasado una temporada en Múnich, visitando la mayor biblioteca de literatura infantil y juvenil del mundo… ¿Qué te gustaría compartir con nosotros de tus experiencias literarias? 

Viajar es una fuente maravillosa de estímulos para escribir. Paisajes, culturas, museos, cualquier cosa puede convertirse en un disparadero para una historia. Ese flechazo que sientes de pronto por un detalle, un cúmulo de sensaciones que te provoca un lugar… ¿qué hacer con ello? Escribir es mi manera de apresar parte de todo eso, las resonancias que han provocado dentro de mí.

Las lágrimas de Naraguyá surgió durante un viaje a Perú y Chile, en el que hicimos una escala de cuatro o cinco días al norte de la Amazonía Peruana. No había planeado escribir nada durante aquellas vacaciones, pero de pronto allí tenía los primeros personajes sobre el papel, cobrando vida, y escribí y escribí, sintiendo que es un regalo cuando una historia se presenta así, reclamando ser escrita. Luego continuamos nuestro viaje y cuando volví a casa pasé a limpio esas hojas, y supe que continuar contando aquella historia, y que eso me permitiría seguir exprimiendo los días que pasamos en la selva. Y así fue. A veces se dice cuando escribes no vives, pero yo soy más de las que piensan que escribir te permite vivir con más intensidad.

Biblioteca Internacional de la Juventud de Munich

Por otra parte, la Biblioteca Internacional de la Juventud de Múnich es un lugar espectacular. Se creó tras la II Guerra Mundial, cuando en una Alemania devastada apenas habían libros para niños y jóvenes. Jella Lepman, que trabajaba con los americanos en la reconstrucción del país, puso en marcha una serie de iniciativas con niños destinadas a trabajar con ellos la paz y la concordia entre los pueblos. Conocerse y comprenderse a través del arte y de la literatura era, pensaba, un buen camino para que no se repitiese lo que acaba de suceder. Así, con los años, aquel proyecto se convirtió en la mayor biblioteca internacional de literatura infantil y juvenil del mundo, con libros de todos los países. Lepman escribió unas memorias, “Un puente de libros infantiles, en el que relata muy bien todo esto.

Desde hacía muchos años deseaba ir a esta biblioteca y bucear en sus fondos, descubrir nuevos escritores, ilustradores, y conocer de cerca el proyecto. Y por fin pude hacerlo este otoño. Tienen un programa de becas para investigadores, y en la biblioteca coincidías con personas de Nueva Zelanda, China, Japón, Irán, Noruega, todos locos por los libros y cada uno desarrollando su trabajo en un ámbito distinto.

Yo no soy investigadora, yo escribo, así que mi estancia fue por libre, a la búsqueda de tesoros que pudiesen estimular mi curiosidad, y abriesen mi mente. Esa idea de educar la mirada, de seguir creciendo y dialogando con otros creadores.

– Por último… ¿tienes algún proyecto juvenil en mente? ¿Continuarás alguna de tus sagas?

Sí, desde hace tiempo estoy trabajando en una novela juvenil, de fantasía. Está pensada como una trilogía y me gustaría tenerla toda escrita antes de enviarla a una editorial, así que le queda mucho trabajo aún por delante. Combino el trabajo en este proyecto con la escritura de otras historias, alguna más cortas, algunas para niños. Entre ellas está un nuevo libro protagonizado por Lila Sacher y su tío Argus, de los que ya hay dos novelas en Sm. Espero que este verano y el curso que viene sea productivo. Como veis, hay muchas historias en marcha, reclamando su tiempo y su espacio, y voy a tener que ser disciplinada para ir dándole forma a todas.

¡Muchas gracias por tu tiempo!

 

Álbumes a fuego lento

Estos meses, en distintos puntos del planeta, se van cocinando a fuego lento los álbumes que saldrán a la luz en otoño de 2018. Sintiéndome muy afortunada, miro por encima del hombro de los ilustradores que trabajan en los textos que escribí, haciéndolos propios, llenándolos de nuevas lecturas, emociones y miradas que se suman a las mías.

¿Quereis mirar conmigo?

Desde Chile, con infinita ternura y delicadeza, con humor y mil detalles que te invitan a perseguirla en el juego, Isabel Hojas, con quien ya publiqué La familia de la vajilla impar, Premio Edelvives 2016, trabaja en una clase de niños de lo más inquietos. Para la Editorial Amanuta.

Isabel Hojas, 2018 – boceto

 

En Italia (y donde quiera que vaya, pues es difícil seguirle los pasos), Anna Castagnoli explora un mundo de pasteles y escurridizos deseos, una historia de amor para paladares exquisitos. Todo auspiciado por Los Cuatro Azules.

Anna Castagnoli, 2018 – boceto

 

Y entre España y Francia, Miguel Pang, que ilustró mi querida Invasión Marciana para  a Buen Paso, trabaja de noche y de día en una historia oscura y luminosa a partes iguales, con imágenes fantásticas, trepidantes y deslumbrantes. Con la cuidada atención, desde París, de Les Fourmis Rouges.

Miguel Pang, 2018 – trabajo en proceso

 

Sí, definitivamente creo que va a ser un otoño excepcional. Pero, de momento… ¡shhh! Dejémosles trabajar.

Premio AZAGAL 2018

Este viernes 11 de mayo, en Santa Cruz de Tenerife, tendré la alegría de reunirme con alumnos de centro de Secundaria de toda la isla de Tenerife y hablar con ellos de mi última novela, Las Lágrimas de Naraguyá. Allí estarán también Rosa Huertas y Espido Freire, las otras dos finalistas del Premio Agazal, un programa de animación a la lectura organizado por el Cabildo.

Según el programa que me han enviado, cada una de las autoras dispondremos de unos 45 minutos para conversar con los alumnos sobre nuestro trabajo, y también tendremos la oportunidad de disfrutar de los books-trailers que algunos de ellos han realizado sobre los libros.  Al final de la jornada, los lectores votarán y elegirán el ganador del certamen de este año.

Estoy deseando estar allí, conocer a los chicos y chicas que han leído la novela, hablar con ellos y escuchar al resto de autoras. ¡Estoy segura de que será una mañana de lo más interesante para todos!

Premio Azagal 2018

Este viernes 11 de mayo, en Santa Cruz de Tenerife, tendré la alegría de reunirme con alumnos de centro de Secundaria de toda la isla de Tenerife y hablar con ellos de mi última novela, Las Lágrimas de Naraguyá. Allí estarán también Rosa Huertas y Espido Freire, las otras dos finalistas del Premio Agazal, un programa de animación a la lectura organizado por el Cabildo.

Según el programa que me han enviado, cada una de las autoras dispondremos de unos 45 minutos para conversar con los alumnos sobre nuestro trabajo, y también tendremos la oportunidad de disfrutar de los books-trailers que algunos de ellos han realizado sobre los libros.  Al final de la jornada, los lectores votarán y elegirán el ganador del certamen de este año.

Estoy deseando estar allí, conocer a los chicos y chicas que han leído la novela, hablar con ellos y escuchar al resto de autoras. ¡Estoy segura de que será una mañana de lo más interesante para todos!

Dentro de tu armario en rtve.es

Jesús Jiménez, gran amigo y  periodista de cine, cómic, literatura y otros temas culturales, ha publicado en la web de cultura de rtve la exhaustiva entrevista  que me realizó hace unos días.  

Catalina González Vilar (Alicante, 1976) es una de las actuales estrellas del mundo de la literatura infantil y juvenil, habiendo logrado los premios nacionales e internacionales más importantes, como El barco de vapor o el de Álbum Ilustrado de Edelvives. Sin embargo ahora cambia de registro para sorpendernos con un libro dedicado a la ropa y todo lo que conllevaDentro de tu armario (SM) y que es ideal para que los jóvenes descubran el mundo de la moda.

“Este es un libro -asegura Catalina- sobre nuestra ropa, sobre lo que utilizamos y hemos utilizado para vestirnos, por qué lo utilizamos, cómo lo fabricamos y para qué lo hacemos servir“.

“Es fruto de un proyecto personal -continúa- que comenzó hace ya varios años, cuando, tras leer distintos libros sobre la historia de la moda y sus amplísimas ramificaciones, me di cuenta de que no existía nada parecido que resultase atractivo a los lectores más jóvenes. Sin embargo, son ellos los que con mayor pasión están descubriendo el mundo de la moda, aprendiendo a experimentar, tratando de expresar su individualidad y a la vez encajar en el grupo, depositando en la ropa que visten, una identidad aún titubeante“.

“También -añade- son los más expuestos al discurso omnipresente de la publicidad en el que se habla de moda únicamente en términos de éxito, belleza, dinero y elitismo. Esta es una visión muy pobre en la que se nos trata únicamente como consumidores y no como personas creativas, llenas de preguntas y de interés por participar en el mundo que nos rodea. Así que, ¿por qué no tratar de ofrecer alternativas, otra forma de acercarnos a la ropa y todo lo que encierra?”

“¿Cómo está hecho lo que vestimos? ¿Cuál es la historia de las distintas prendas y qué connotaciones tuvieron en cada época? ¿Cómo funciona la industria de la moda? ¿Qué personas han hecho cosas interesantes con la ropa, más allá de subirla a una pasarela?” -concluye Catalina-.”

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¿Por qué tantos jardines?

Con la publicación en A Buen Paso de  Teo Muchosdedos, la historia de un jardinero sencillo y de carácter amable pero de extraordinario talento, he pensado una vez más en la frecuencia con la que aparecen los jardines en mis historias. O esa es mi sensación, porque después, al hacer recuento, no he encontrado tantos ejemplos. Será que fantaseo con historias de jardines que nunca llegan a ver la luz.

by Pere Guinard to "Teo Muchosdedos" A Buen Paso 2017     Siempre he considerado que una de las grandes fortunas de mi infancia fue precisamente esa, tener dos jardines, el de mis abuelos paternos y el de los maternos, a disposición de mis hermanos y mía. Aunque los dos se encontraban en la provincia de Alicante, uno estaba en el interior, expuesto a un clima más continental, y el otro en una zona de huerta, cerca de la costa. Más que suficiente para que apenas se pareciesen. Lo que tenían en común era cierta decadencia y, sobre todo, la absoluta libertad que disfrutábamos en ellos.

El de mis abuelos paternos crecía alrededor de una casa que tenían en La Vega Baja del Segura, y que apenas utilizaban ya cuando nosotros nacimos. Es aquella una zona de huerta desde la que se intuye el mar, con impresionantes atardeceres sobre un horizonte de naranjos y recorrida por acequias en las que un día podíamos cazar culebrillas de agua y otro arrancar plantas de regaliz. Aquel jardín contaba con todo lo que un grupo de niños – nosotros somos cinco hermanos- podía desear. Una palmera altísima a la que en algún tiempo remoto, tan remoto como la juventud de mis tíos, un rayo había privado de copa, y un nogal majestuoso que cada otoño sembraba de frutos su sombra. Frente a la entrada a la casa, blanca y con persianas de madera verde en todos sus balcones, había un pozo encalado cuya acequia discurría bajo la casa, combando ligeramente su suelo, y junto a él, a ambos lados del camino, dos zonas de setos bajos, con disposición geométrica y alguna que otra escultura blanca asomando, que se convertían cada fin de semana sendos laberintos con enormes arañas de brillantes franjas amarillas, rojas o anaranjadas en su interior.

Rosales, limoneros, un granado, un árbol al que trepábamos tan fácilmente que lo llamábamos “el árbol de Tarzán”, una zona de casas bajas, abandonadas por aquel entonces, donde habían vivido los trabajadores de la finca, y que ahora, cubiertas sus fachadas de esa buganvilla de color rosa violento que tan bien crece en el clima levantino, parecía una casita de cuento pensada solo para nosotros.

En la parte trasera, una vieja pista de tenis de suelo rojo, cuarteado por el abandono, un carro que se desmoronaba de año en año entre los pinos, esos pinos altos bajo los cuales dormían sus siestas de verano mis padres, como si sobre ellos el aire no vibrase sacudido por un zumbido de chicharras ensordecedor.

by Pere Guinard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017

Había, al menos los hubo durante algunos años, pavos reales que iban y venían a su antojo, y de los que tiempo después encontrabas plumas en los cajones de los grandes armarios de luna, o dispuestos, como un ramo, en jarritas de cerámica sobre las pesadas cómodas.

Cuando íbamos allí nos permitían una total libertad. Recorríamos los campos cercanos buscando moras, regaliz, habas tiernas, morera para los gusanos de seda. Ayudábamos a recoger las naranjas cuando estaba maduras, y durante semanas y semanas, tomábamos el zumo fresco sin saber que quizá nunca volviese a ser tan dulce, tan ácido, tan perfecto. Arrancábamos granadas del árbol y las desmenuzábamos sentados al sol del otoño, en los escalones de entrada. Subíamos a lo alto de la torrecilla que coronaba la casa y, desde allí, contemplábamos la huerta como un mar que rodease nuestro barco.

Muy a menudo, los esfuerzos de mis padres por tratar de domesticar aquel jardín de fin de semana en fin de semana, nos inspiraban a nosotros para imitarles. Recuerdo que durante un tiempo acaricié el proyecto, ambicioso y muy poco realista, de tener mi propio huerto en el interior de uno de aquellos círculos perfilados por el seto. Un jardín propio. Así que luchaba contra las malas hierbas, despejando un trozo del terreno, minúsculo, para descubrir, si es que recordaba mi proyecto el siguiente fin de semana, que prácticamente tenía que comenzar de cero.

by Pere Ginard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017El trabajo allí fue siempre una lucha contra el derrumbe del tiempo. La casa fue asaltada una y otra vez por ladrones que, sabiendo que nadie vivía allí entre semana, se llevaron recuerdos familiares, muebles, vajilla, todo lo que quisieron. Ahora esa casa es el Museo de la Huerta de Rojales, y aunque el jardín ha desaparecido, y muchísimas otras cosas, aún me da un vuelco el corazón cuando al visitarlo en alguna ocasión, veo las baldosas de cuando éramos niños, este o aquel detalle que ha sobrevivido. Nada es lo que era, es cierto, pero tenemos los recuerdos y la calidez de aquel sol de la huerta que, a pesar de los años, aún calienta.

El otro jardín, el de mis abuelos maternos, aún continua vivo. También él ha sufrido cambios y ya no es tan amplio como en la infancia. Pero es, y nos acompaña. En el corazón de un pueblo del interior de Alicante, entre pinares, bajo la mirada del castillo musulmán, allí pasábamos gran parte del verano. Solo ahora, que ya somos adultos y algunos de nosotros tienen niños, nos damos cuenta de lo agotador que debía ser tenernos a los cinco en la casa, y que solo debía ser posible resistirnos (y ni aún así) haciéndonos estar cuanto más tiempo mejor fuera de ella. Ese jardín estaba rodeado por muros que en aquel entonces eran muros encalados y grises por el musgo y los líquenes. Arcos con rosales se sucedían en las calles de la zona inferior, mientras el pinar ocupaba el nivel superior. Un cenador enorme, cubierto por completo por la yedra, hacía las funciones de casa en la que jugar. Parece que siempre necesitamos, de niños y de adultos, un lugar que sea nuestro. Un lugar, también, donde esconderse. Un lugar al que trepar, porque desde allí somos otros y vemos el mundo de un modo distinto.

by Pere Ginard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017

Jugábamos al pimpón, dábamos vueltas y más vueltas montados en nuestras bicicletas, construíamos refugios, simulábamos accidentes, ambulancias, hospitales. Olíamos el jazmín, ayudábamos, entre gritos, a regar cuando vaciaban la balsa de riego que nos servía de piscina, esa balsa en la que todos aprendimos a nadar. Comíamos helados, sentados en los columpios y hablando con nuestras primas mayores. Nos columpiábamos en la hamaca de cuerda trenzada, felices de habernos adelantado a todos los demás. Cuidábamos de los patos que cada principio de verano nos compraba mi abuelo Antonio, y que a lo largo de las semanas pasaban de ser unos simpáticos patitos amarillos a unas aves blancas y grandes que apenas se podían manejar.

Celebramos en ese jardín cumpleaños, comuniones, bautizos y bodas. Bajo los dos tilos, tomamos incontables aperitivos -los niños sin poder sentarse, abejeando alrededor hasta que nos despachaban para que les dejásemos tranquilos. Corriendo con alboroto bajo el arcoíris de agua que formaba mi abuelo con la manguera cuando regaba para que el suelo se asentase y no formase nubes de polvo. Partíamos almendras y piñones, ayudábamos a separar la oliva de las mil hojas y ramitas que se arrastraban con ella cuando, entre todos, recogíamos la cosecha en los campos del abuelo. Leíamos, bajo el cerezo, con esa provisión infinita de dulzura. Nos escondíamos y llorábamos. Nos peleábamos y resolvíamos nuestras peleas. Vivíamos tan plenamente como pueden vivirse los veranos de la infancia. El mundo parecía reducirse a ese jardín, y era suficiente.

by Pere Ginard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017

Fui muy feliz en esos dos jardines. En parte, imagino, porque siempre estuvieron de fondo aquellas personas de la familia que cuidaron de ellos. Mi padre, en su batalla perdida en aquel jardín exuberante de la huerta, con mi madre a su lado, quizá un poco menos convencida. Ella misma, años después, en el jardín que había sido de sus padres, curando con nuevas plantas, árboles, riego, poda, abono, las heridas que abrió en su día la pérdida de una parte importante del terreno. Mi abuelo Antonio, que algún año plantó tomates que los nietos devoramos en secreto. Mi tío Jose Mari, rastrillando los caminos uno y otro día, calmadamente, formando grandes montones de pinocha rojiza, o cúmulos de hojas amarillas de los tilos, un trabajo, en su opinión, del todo innecesario, pues en pocas horas los tilos dejarían caer otras tantas hojas de oro. Y era cierto.

Así que por eso aparecen tantos jardines en mis historias, y seguirán con seguridad apareciendo. Porque, en compañía de las personas que quieres o con su recuerdo acompañándote, son un lugar seguro donde ser felices.

 

Teo Muchosdedos, del jardín a tu librería

Teo Muchosdedos es un cuento sobre jardines. Sobre arbustos, tijeras, burros de ojos dulces, granjeros amables, vecinos cotillas, caballeros soberbios y visitas en carroza.

Este es un cuento sobre un hombre modesto y un hombre poderoso. Sobre los pequeños placeres y las grandes ambiciones. Sobre pasteles de manzana y bolsas repletas de oro.

Este es un cuento sobre magnolios, cerezos, zanahorias y tomates, ¡muchos tomates! Pero sobre todo es un cuento sobre la perseverancia y el amor por las cosas bien hechas.

Editado por A Buen Paso, Barcelona, octubre 2017

Ilustraciones de Pere Ginard

Lee aquí las primeras páginas

 

 

Qué aprendí escribiendo “Dentro de tu armario”

“Dentro de tu armario. Todo lo que necesitas saber sobre el mundo de la moda”, es mi primera incursión en el mundo del libro informativo. Una propuesta personal que la editorial SM apoyó desde el comienzo y que ha sido toda una aventura.

Además del pacer de poder leer una gran cantidad de libros y artículos sobre historia y sociología de la moda, con esa emoción especial que nos otorga estar a la búsqueda de algo que vas a tener oportunidad de compartir, este libro me hizo descubrir que:

  • Escribir sobre nuestra ropa no es lo mismo que escribir sobre moda. Aunque también se hable de moda.

  • Escribir sobre nuestra ropa significa en gran medida escribir sobre cómo la utilizamos y para qué, qué tratamos de contar con ella y qué contamos aún sin saberlo.
  • Escribir sobre nuestra ropa requiere pararse a mirar y ver de qué está hecha, de dónde salen estos colores y estas formas, estos tejidos y estos botones, estos pespuntes y estos bolsillos.

  • Escribir sobre nuestra ropa hace necesario volvernos hacia el pasado y también mirar hacia el futuro, para así poder entender de un modo más amplio lo que está sucediendo ahora.
  • Escribir sobre nuestra ropa implica pensar en nuestro cuerpo, nuestra forma de vernos, de ser y de mostrarnos.

  • Escribir sobre nuestra ropa supone escribir sobre “nosotros” y “los otros”, sobre la riqueza de la diversidad  y la fuerza de lo que nos une.
  • Escribir sobre nuestra ropa es escribir sobre arte, provocación, diversión, industria, religión, tecnología, ecología, economía, deporte, política, arqueología, guerras, consumo, periodismo, ciencia, publicidad…

En definitiva, que escribir sobre nuestra ropa es lanzar una invitación a mirar con curiosidad el mundo, cuestionando lo que damos por sentado y aprendiendo a disfrutar de la moda más allá de las tendencias o las marcas.  Aprender a verla como un lenguaje lleno de posibilidades, capaz de expresar, si así lo deseamos, nuestra personalidad única.

Desde aquí quiero dar las gracias Berta Márquez, editora de Sm, que apostó desde el primer momento por este proyecto, poniendo toda su experiencia y su entusiasmo para terminar de darle forma y convertirlo en una realidad. También a Toya Legido y Tomás Zarza, el equipo de diseño, cuyo trabajo ha llenado de color y dinamismo cada una de las páginas. Los libros, y aún más los informativos, tienen una parte fundamental de trabajo en equipo, y ese es un aprendizaje enriquecedor que nunca termina.

“Dentro de tu armario”, escribiendo sobre la ropa que vestimos

Hoy llega a las librerías “Dentro de tu armario”, un libro para jóvenes sobre la ropa que vestimos, su historia y lo que gira en torno a ella.

Este libro es fruto de un proyecto personal que comenzó hace ya varios años, cuando, tras leer distintos libros sobre la historia de la moda y sus apasionantes ramificaciones, me di cuenta de que no existía nada parecido que resultase atractivo a los lectores más jóvenes. Sin embargo, son ellos los que quizá con mayor pasión están descubriendo el mundo de la moda, aprendiendo a experimentar, tratando de expresarse y a la vez encajar, depositando en la ropa que visten, una identidad aún titubeante. Y también son los más expuestos al discurso, a menudo muy limitado y lleno de clichés, de la publicidad y la cultura audiovisual.

Frente a ese bombardeo constante, en el que la ropa es el modo de lograr estatus, en el que se refuerzan constantemente los estereotipos sobre lo masculino y lo femenino, en el que se fijan insistentemente expectativas muy pobres acerca de lo que se supone que tiene que interesarnos… ¿por qué no comenzar a generar un discurso alternativo, más amplio en su mirada, capaz de conectar, a través de la ropa, con una serie de realidades que ayuden a comprender mejor el mundo? Porque la ropa es moda, pero también economía, tecnología, consumo, ecología, diseño, arte, identidad, cultura, historia…

Conocer esas conexiones, ser capaz de decidir si comprar o no una prenda según su lugar de procedencia, reconocer determinadas formas y recordar de dónde provienen, identificar el color que es tendencia ese año y descubrirlo en otros muchos productos, conocer historias de personas que hicieron cosas extraordinarias con la ropa, más allá de mostrarlas en una pasarela… Todo eso ayuda al lector, o esa es nuestra esperanza, a abandonar la posición de un consumidor pasivo, que solo está pendiente de si podrá comprar la siguiente prenda indispensable.

A cambio, les aguarda la aventura de explorar la propia creatividad, decidir, investigar, sorprenderse con la enorme variedad de posibilidades que salen al encuentro, admirar a personas distintas a las habituales, preguntarse en quién podría convertirse uno mismo con un poco de suerte, de talento y de valor.

Días en la Biblioteca Internacional de los Jóvenes, Múnich (I)

 Hay personas que pasan media vida deseando visitar París, pisar por una vez el campo de fútbol de su equipo, contemplar una aurora boreal, despertarse una mañana en la sabana africana y encontrarse con la naturaleza tal y como aprendimos a soñarla. Son deseos que aparecen de forma muy distinta, a veces abriéndose paso con claridad, otras veces sin que les demos importancia, pero persistiendo a través de los años, hasta redescubrirlos un día como parte de esas experiencias que dan forma a la vida que ansiamos.

Yo tropecé con mi propio anhelo, algo infantil, algo caprichoso, hace diez o doce años. No era una montaña, ni un parque de atracciones, ni luces verdes en el cielo, era un castillo lleno de libros.

Leí sobre su existencia en una revista especializada en literatura infantil. Se trataba de un artículo en blanco y negro, con una de esas fotografías antiguas a las que no ayudan las malas reproducciones. Se veía el castillo de Blutenburg, a las afueras de Múnich, en el que está ubicada la Biblioteca Internacional de la Juventud. En otra imagen aparecía una mujer alta y fuerte, o eso me pareció, vestida con un uniforme militar y junto a un par de señores de gesto serio. El nombre de esa mujer es Jella Lepman. Ella fue quien fundó la Biblioteca tras la II Guerra Mundial, con la esperanza de que los libros infantiles fuesen un camino para construir un mundo mejor y en paz. El comienzo de una cultura común en el que la diversidad fuese algo que celebrar. Esa biblioteca, la Internationale Jugendbibliothek, es hoy, en día biblioteca más importante del mundo en Literatura Infantil y Juvenil, un lugar en el que se esfuerzan por reunir libros de todos los países del mundo, en todos los idiomas, para leerlos, conservarlos, compartirlos, pensar sobre ellos y aprender. Un lugar al que peregrinan especialistas de todo el mundo para ampliar su formación.

¿Por qué me impactó tanto en aquel momento descubrir la existencia de esa biblioteca? ¿Qué esperaba encontrar allí? Ni siquiera hoy puedo concretarlo, aunque sospecho que todos esos deseos poco conectados con nuestro día a día tiene en su origen alguna carencia. Lo que no tiene nada de malo. Aquello que nos falta es un poderoso motor que nos mantiene en movimiento. Incluso aunque ese sueño suponga una evidente idealización. Deseas ir a París porque el amor allí será más dulce. En Disneylandia los recuerdos resistirán el paso del tiempo, fijando una felicidad huidiza. Tras visitar el campo de tu equipo, la experiencia de verlos por la televisión resultará completa por fin. Las auroras boreales nos harán sentirnos especiales, nos permitirán demostrarnos, y demostrar a los demás, que en nuestra vida aún dejamos espacio para lo extraordinario. La sabana africana nos resarcirá del tiempo y el lugar en el que nacimos, alejados del contacto con la tierra, con la esencia y la belleza del mundo.

En mi caso, imaginaba que una estancia en la Biblioteca me ayudaría a sentirme más preparada para escribir, más legitimada, al menos, para intentarlo. Esperaba encontrar una revelación que marcase mi camino. No sentirme tan sola con mi búsqueda. Poder ofrecer, tras la visita, opiniones claras y contundentes, no solo preguntas. Una estancia en la Biblioteca me haría, en definitiva, una persona más segura y más capaz. Una mejor escritora.

Pese al tiempo que ha pasado, probablemente una parte de mí sigue ansiando lo mismo. Aprender. Ampliar de algún modo la mirada, descubrir libros que me ayuden a ver un poco más, o con más profundidad. Encontrar compañía en este aprendizaje. Porque no es aprendizaje glorioso, aunque sí feliz. Quiero decir, que aprendo torpemente, sin saber en absoluto si aprendo realmente, dando vueltas y más vueltas, deshaciendo el camino recorrido para darme cuenta, al cabo de unos días, de que ya tenía la respuesta y me había olvidado de ella. A veces puede ser frustrante, pero es importante saberlo y compartirlo.

Alimentar el mito de que las historias se escriben sin resistencia, que para ser un auténtico escritor, un escritor válido, tienen que aparecer ante ti intactas, perfectas, a falta de solo pequeños retoques, es lanzarse a luchar contra el dragón con las manos desnudas. No, cualquiera que sepa de dragones sabe que algo ayuda llevar cota y espada, utilizar el ingenio y contar con amigos.

A lo largo de los siguientes años, de vez en cuando, recordaba aquel lugar del que había leído y con el tiempo también oí hablar de él a personas que habían realizado estancias en la biblioteca.

Había becas para investigadores. Pero, ¿qué quería yo investigar? Sencillamente quería saber más, maravillarme, ir donde no esperaba, escribir, pensar, reflexionar sobre mi trabajo y los desafíos que no hay que perder de vista. No creo que fuese un proyecto de investigación convincente.

Además, tengo que confesarlo, solo hablo español. Es una de mis grandes penas (que debería ser capaz de resolver de una vez). Al leer las bases todas mis esperanzas desaparecieron, pues es imprescindible un dominio razonable del inglés o el alemán. Afortunadamente, mi pareja, que es profesor de Biología en la Universidad y entusiasta divulgador de su disciplina tanto para adultos como para niños, también sintió deseos de conocer este lugar y descubrir qué podíamos aprender aquí. Él, como buen científico, en seguida tuvo un proyecto sensato, medible y práctico: analizar la imagen de los científicos en los libros infantiles. Otro día hablaremos de esto, de momento lo que nos interesa es que él recibió la beca y yo le he acompañado para, de forma independiente, sumergirme en esta biblioteca.

Y, en fin, después de muchos años aquí estoy, en la Internationale Jugendbibliothek de Múnich, en el castillo de aquella fotografía en blanco y negro, ahora con todos los colores del otoño, comenzando a buscar libros tímidamente, comunicándome con sonrisas más que con palabras y preguntándome en qué se convierte aquello que sueñas una vez que tienes la oportunidad de vivirlo.