¿Por qué tantos jardines?

Con la publicación en A Buen Paso de  Teo Muchosdedos, la historia de un jardinero sencillo y de carácter amable pero de extraordinario talento, he pensado una vez más en la frecuencia con la que aparecen los jardines en mis historias. O esa es mi sensación, porque después, al hacer recuento, no he encontrado tantos ejemplos. Será que fantaseo con historias de jardines que nunca llegan a ver la luz.

by Pere Guinard to "Teo Muchosdedos" A Buen Paso 2017     Siempre he considerado que una de las grandes fortunas de mi infancia fue precisamente esa, tener dos jardines, el de mis abuelos paternos y el de los maternos, a disposición de mis hermanos y mía. Aunque los dos se encontraban en la provincia de Alicante, uno estaba en el interior, expuesto a un clima más continental, y el otro en una zona de huerta, cerca de la costa. Más que suficiente para que apenas se pareciesen. Lo que tenían en común era cierta decadencia y, sobre todo, la absoluta libertad que disfrutábamos en ellos.

El de mis abuelos paternos crecía alrededor de una casa que tenían en La Vega Baja del Segura, y que apenas utilizaban ya cuando nosotros nacimos. Es aquella una zona de huerta desde la que se intuye el mar, con impresionantes atardeceres sobre un horizonte de naranjos y recorrida por acequias en las que un día podíamos cazar culebrillas de agua y otro arrancar plantas de regaliz. Aquel jardín contaba con todo lo que un grupo de niños – nosotros somos cinco hermanos- podía desear. Una palmera altísima a la que en algún tiempo remoto, tan remoto como la juventud de mis tíos, un rayo había privado de copa, y un nogal majestuoso que cada otoño sembraba de frutos su sombra. Frente a la entrada a la casa, blanca y con persianas de madera verde en todos sus balcones, había un pozo encalado cuya acequia discurría bajo la casa, combando ligeramente su suelo, y junto a él, a ambos lados del camino, dos zonas de setos bajos, con disposición geométrica y alguna que otra escultura blanca asomando, que se convertían cada fin de semana sendos laberintos con enormes arañas de brillantes franjas amarillas, rojas o anaranjadas en su interior.

Rosales, limoneros, un granado, un árbol al que trepábamos tan fácilmente que lo llamábamos “el árbol de Tarzán”, una zona de casas bajas, abandonadas por aquel entonces, donde habían vivido los trabajadores de la finca, y que ahora, cubiertas sus fachadas de esa buganvilla de color rosa violento que tan bien crece en el clima levantino, parecía una casita de cuento pensada solo para nosotros.

En la parte trasera, una vieja pista de tenis de suelo rojo, cuarteado por el abandono, un carro que se desmoronaba de año en año entre los pinos, esos pinos altos bajo los cuales dormían sus siestas de verano mis padres, como si sobre ellos el aire no vibrase sacudido por un zumbido de chicharras ensordecedor.

by Pere Guinard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017

Había, al menos los hubo durante algunos años, pavos reales que iban y venían a su antojo, y de los que tiempo después encontrabas plumas en los cajones de los grandes armarios de luna, o dispuestos, como un ramo, en jarritas de cerámica sobre las pesadas cómodas.

Cuando íbamos allí nos permitían una total libertad. Recorríamos los campos cercanos buscando moras, regaliz, habas tiernas, morera para los gusanos de seda. Ayudábamos a recoger las naranjas cuando estaba maduras, y durante semanas y semanas, tomábamos el zumo fresco sin saber que quizá nunca volviese a ser tan dulce, tan ácido, tan perfecto. Arrancábamos granadas del árbol y las desmenuzábamos sentados al sol del otoño, en los escalones de entrada. Subíamos a lo alto de la torrecilla que coronaba la casa y, desde allí, contemplábamos la huerta como un mar que rodease nuestro barco.

Muy a menudo, los esfuerzos de mis padres por tratar de domesticar aquel jardín de fin de semana en fin de semana, nos inspiraban a nosotros para imitarles. Recuerdo que durante un tiempo acaricié el proyecto, ambicioso y muy poco realista, de tener mi propio huerto en el interior de uno de aquellos círculos perfilados por el seto. Un jardín propio. Así que luchaba contra las malas hierbas, despejando un trozo del terreno, minúsculo, para descubrir, si es que recordaba mi proyecto el siguiente fin de semana, que prácticamente tenía que comenzar de cero.

by Pere Ginard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017El trabajo allí fue siempre una lucha contra el derrumbe del tiempo. La casa fue asaltada una y otra vez por ladrones que, sabiendo que nadie vivía allí entre semana, se llevaron recuerdos familiares, muebles, vajilla, todo lo que quisieron. Ahora esa casa es el Museo de la Huerta de Rojales, y aunque el jardín ha desaparecido, y muchísimas otras cosas, aún me da un vuelco el corazón cuando al visitarlo en alguna ocasión, veo las baldosas de cuando éramos niños, este o aquel detalle que ha sobrevivido. Nada es lo que era, es cierto, pero tenemos los recuerdos y la calidez de aquel sol de la huerta que, a pesar de los años, aún calienta.

El otro jardín, el de mis abuelos maternos, aún continua vivo. También él ha sufrido cambios y ya no es tan amplio como en la infancia. Pero es, y nos acompaña. En el corazón de un pueblo del interior de Alicante, entre pinares, bajo la mirada del castillo musulmán, allí pasábamos gran parte del verano. Solo ahora, que ya somos adultos y algunos de nosotros tienen niños, nos damos cuenta de lo agotador que debía ser tenernos a los cinco en la casa, y que solo debía ser posible resistirnos (y ni aún así) haciéndonos estar cuanto más tiempo mejor fuera de ella. Ese jardín estaba rodeado por muros que en aquel entonces eran muros encalados y grises por el musgo y los líquenes. Arcos con rosales se sucedían en las calles de la zona inferior, mientras el pinar ocupaba el nivel superior. Un cenador enorme, cubierto por completo por la yedra, hacía las funciones de casa en la que jugar. Parece que siempre necesitamos, de niños y de adultos, un lugar que sea nuestro. Un lugar, también, donde esconderse. Un lugar al que trepar, porque desde allí somos otros y vemos el mundo de un modo distinto.

by Pere Ginard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017

Jugábamos al pimpón, dábamos vueltas y más vueltas montados en nuestras bicicletas, construíamos refugios, simulábamos accidentes, ambulancias, hospitales. Olíamos el jazmín, ayudábamos, entre gritos, a regar cuando vaciaban la balsa de riego que nos servía de piscina, esa balsa en la que todos aprendimos a nadar. Comíamos helados, sentados en los columpios y hablando con nuestras primas mayores. Nos columpiábamos en la hamaca de cuerda trenzada, felices de habernos adelantado a todos los demás. Cuidábamos de los patos que cada principio de verano nos compraba mi abuelo Antonio, y que a lo largo de las semanas pasaban de ser unos simpáticos patitos amarillos a unas aves blancas y grandes que apenas se podían manejar.

Celebramos en ese jardín cumpleaños, comuniones, bautizos y bodas. Bajo los dos tilos, tomamos incontables aperitivos -los niños sin poder sentarse, abejeando alrededor hasta que nos despachaban para que les dejásemos tranquilos. Corriendo con alboroto bajo el arcoíris de agua que formaba mi abuelo con la manguera cuando regaba para que el suelo se asentase y no formase nubes de polvo. Partíamos almendras y piñones, ayudábamos a separar la oliva de las mil hojas y ramitas que se arrastraban con ella cuando, entre todos, recogíamos la cosecha en los campos del abuelo. Leíamos, bajo el cerezo, con esa provisión infinita de dulzura. Nos escondíamos y llorábamos. Nos peleábamos y resolvíamos nuestras peleas. Vivíamos tan plenamente como pueden vivirse los veranos de la infancia. El mundo parecía reducirse a ese jardín, y era suficiente.

by Pere Ginard to "Teo Muchosdedos", A Buen Paso 2017

Fui muy feliz en esos dos jardines. En parte, imagino, porque siempre estuvieron de fondo aquellas personas de la familia que cuidaron de ellos. Mi padre, en su batalla perdida en aquel jardín exuberante de la huerta, con mi madre a su lado, quizá un poco menos convencida. Ella misma, años después, en el jardín que había sido de sus padres, curando con nuevas plantas, árboles, riego, poda, abono, las heridas que abrió en su día la pérdida de una parte importante del terreno. Mi abuelo Antonio, que algún año plantó tomates que los nietos devoramos en secreto. Mi tío Jose Mari, rastrillando los caminos uno y otro día, calmadamente, formando grandes montones de pinocha rojiza, o cúmulos de hojas amarillas de los tilos, un trabajo, en su opinión, del todo innecesario, pues en pocas horas los tilos dejarían caer otras tantas hojas de oro. Y era cierto.

Así que por eso aparecen tantos jardines en mis historias, y seguirán con seguridad apareciendo. Porque, en compañía de las personas que quieres o con su recuerdo acompañándote, son un lugar seguro donde ser felices.

 

Teo Muchosdedos, del jardín a tu librería

Teo Muchosdedos es un cuento sobre jardines. Sobre arbustos, tijeras, burros de ojos dulces, granjeros amables, vecinos cotillas, caballeros soberbios y visitas en carroza.

Este es un cuento sobre un hombre modesto y un hombre poderoso. Sobre los pequeños placeres y las grandes ambiciones. Sobre pasteles de manzana y bolsas repletas de oro.

Este es un cuento sobre magnolios, cerezos, zanahorias y tomates, ¡muchos tomates! Pero sobre todo es un cuento sobre la perseverancia y el amor por las cosas bien hechas.

Editado por A Buen Paso, Barcelona, octubre 2017

Ilustraciones de Pere Ginard

Lee aquí las primeras páginas

 

 

Qué aprendí escribiendo “Dentro de tu armario”

“Dentro de tu armario. Todo lo que necesitas saber sobre el mundo de la moda”, es mi primera incursión en el mundo del libro informativo. Una propuesta personal que la editorial SM apoyó desde el comienzo y que ha sido toda una aventura.

Además del pacer de poder leer una gran cantidad de libros y artículos sobre historia y sociología de la moda, con esa emoción especial que nos otorga estar a la búsqueda de algo que vas a tener oportunidad de compartir, este libro me hizo descubrir que:

  • Escribir sobre nuestra ropa no es lo mismo que escribir sobre moda. Aunque también se hable de moda.

  • Escribir sobre nuestra ropa significa en gran medida escribir sobre cómo la utilizamos y para qué, qué tratamos de contar con ella y qué contamos aún sin saberlo.
  • Escribir sobre nuestra ropa requiere pararse a mirar y ver de qué está hecha, de dónde salen estos colores y estas formas, estos tejidos y estos botones, estos pespuntes y estos bolsillos.

  • Escribir sobre nuestra ropa hace necesario volvernos hacia el pasado y también mirar hacia el futuro, para así poder entender de un modo más amplio lo que está sucediendo ahora.
  • Escribir sobre nuestra ropa implica pensar en nuestro cuerpo, nuestra forma de vernos, de ser y de mostrarnos.

  • Escribir sobre nuestra ropa supone escribir sobre “nosotros” y “los otros”, sobre la riqueza de la diversidad  y la fuerza de lo que nos une.
  • Escribir sobre nuestra ropa es escribir sobre arte, provocación, diversión, industria, religión, tecnología, ecología, economía, deporte, política, arqueología, guerras, consumo, periodismo, ciencia, publicidad…

En definitiva, que escribir sobre nuestra ropa es lanzar una invitación a mirar con curiosidad el mundo, cuestionando lo que damos por sentado y aprendiendo a disfrutar de la moda más allá de las tendencias o las marcas.  Aprender a verla como un lenguaje lleno de posibilidades, capaz de expresar, si así lo deseamos, nuestra personalidad única.

Desde aquí quiero dar las gracias Berta Márquez, editora de Sm, que apostó desde el primer momento por este proyecto, poniendo toda su experiencia y su entusiasmo para terminar de darle forma y convertirlo en una realidad. También a Toya Legido y Tomás Zarza, el equipo de diseño, cuyo trabajo ha llenado de color y dinamismo cada una de las páginas. Los libros, y aún más los informativos, tienen una parte fundamental de trabajo en equipo, y ese es un aprendizaje enriquecedor que nunca termina.

“Dentro de tu armario”, escribiendo sobre la ropa que vestimos

Hoy llega a las librerías “Dentro de tu armario”, un libro para jóvenes sobre la ropa que vestimos, su historia y lo que gira en torno a ella.

Este libro es fruto de un proyecto personal que comenzó hace ya varios años, cuando, tras leer distintos libros sobre la historia de la moda y sus apasionantes ramificaciones, me di cuenta de que no existía nada parecido que resultase atractivo a los lectores más jóvenes. Sin embargo, son ellos los que quizá con mayor pasión están descubriendo el mundo de la moda, aprendiendo a experimentar, tratando de expresarse y a la vez encajar, depositando en la ropa que visten, una identidad aún titubeante. Y también son los más expuestos al discurso, a menudo muy limitado y lleno de clichés, de la publicidad y la cultura audiovisual.

Frente a ese bombardeo constante, en el que la ropa es el modo de lograr estatus, en el que se refuerzan constantemente los estereotipos sobre lo masculino y lo femenino, en el que se fijan insistentemente expectativas muy pobres acerca de lo que se supone que tiene que interesarnos… ¿por qué no comenzar a generar un discurso alternativo, más amplio en su mirada, capaz de conectar, a través de la ropa, con una serie de realidades que ayuden a comprender mejor el mundo? Porque la ropa es moda, pero también economía, tecnología, consumo, ecología, diseño, arte, identidad, cultura, historia…

Conocer esas conexiones, ser capaz de decidir si comprar o no una prenda según su lugar de procedencia, reconocer determinadas formas y recordar de dónde provienen, identificar el color que es tendencia ese año y descubrirlo en otros muchos productos, conocer historias de personas que hicieron cosas extraordinarias con la ropa, más allá de mostrarlas en una pasarela… Todo eso ayuda al lector, o esa es nuestra esperanza, a abandonar la posición de un consumidor pasivo, que solo está pendiente de si podrá comprar la siguiente prenda indispensable.

A cambio, les aguarda la aventura de explorar la propia creatividad, decidir, investigar, sorprenderse con la enorme variedad de posibilidades que salen al encuentro, admirar a personas distintas a las habituales, preguntarse en quién podría convertirse uno mismo con un poco de suerte, de talento y de valor.

Días en la Biblioteca Internacional de los Jóvenes, Múnich (I)

 Hay personas que pasan media vida deseando visitar París, pisar por una vez el campo de fútbol de su equipo, contemplar una aurora boreal, despertarse una mañana en la sabana africana y encontrarse con la naturaleza tal y como aprendimos a soñarla. Son deseos que aparecen de forma muy distinta, a veces abriéndose paso con claridad, otras veces sin que les demos importancia, pero persistiendo a través de los años, hasta redescubrirlos un día como parte de esas experiencias que dan forma a la vida que ansiamos.

Yo tropecé con mi propio anhelo, algo infantil, algo caprichoso, hace diez o doce años. No era una montaña, ni un parque de atracciones, ni luces verdes en el cielo, era un castillo lleno de libros.

Leí sobre su existencia en una revista especializada en literatura infantil. Se trataba de un artículo en blanco y negro, con una de esas fotografías antiguas a las que no ayudan las malas reproducciones. Se veía el castillo de Blutenburg, a las afueras de Múnich, en el que está ubicada la Biblioteca Internacional de la Juventud. En otra imagen aparecía una mujer alta y fuerte, o eso me pareció, vestida con un uniforme militar y junto a un par de señores de gesto serio. El nombre de esa mujer es Jella Lepman. Ella fue quien fundó la Biblioteca tras la II Guerra Mundial, con la esperanza de que los libros infantiles fuesen un camino para construir un mundo mejor y en paz. El comienzo de una cultura común en el que la diversidad fuese algo que celebrar. Esa biblioteca, la Internationale Jugendbibliothek, es hoy, en día biblioteca más importante del mundo en Literatura Infantil y Juvenil, un lugar en el que se esfuerzan por reunir libros de todos los países del mundo, en todos los idiomas, para leerlos, conservarlos, compartirlos, pensar sobre ellos y aprender. Un lugar al que peregrinan especialistas de todo el mundo para ampliar su formación.

¿Por qué me impactó tanto en aquel momento descubrir la existencia de esa biblioteca? ¿Qué esperaba encontrar allí? Ni siquiera hoy puedo concretarlo, aunque sospecho que todos esos deseos poco conectados con nuestro día a día tiene en su origen alguna carencia. Lo que no tiene nada de malo. Aquello que nos falta es un poderoso motor que nos mantiene en movimiento. Incluso aunque ese sueño suponga una evidente idealización. Deseas ir a París porque el amor allí será más dulce. En Disneylandia los recuerdos resistirán el paso del tiempo, fijando una felicidad huidiza. Tras visitar el campo de tu equipo, la experiencia de verlos por la televisión resultará completa por fin. Las auroras boreales nos harán sentirnos especiales, nos permitirán demostrarnos, y demostrar a los demás, que en nuestra vida aún dejamos espacio para lo extraordinario. La sabana africana nos resarcirá del tiempo y el lugar en el que nacimos, alejados del contacto con la tierra, con la esencia y la belleza del mundo.

En mi caso, imaginaba que una estancia en la Biblioteca me ayudaría a sentirme más preparada para escribir, más legitimada, al menos, para intentarlo. Esperaba encontrar una revelación que marcase mi camino. No sentirme tan sola con mi búsqueda. Poder ofrecer, tras la visita, opiniones claras y contundentes, no solo preguntas. Una estancia en la Biblioteca me haría, en definitiva, una persona más segura y más capaz. Una mejor escritora.

Pese al tiempo que ha pasado, probablemente una parte de mí sigue ansiando lo mismo. Aprender. Ampliar de algún modo la mirada, descubrir libros que me ayuden a ver un poco más, o con más profundidad. Encontrar compañía en este aprendizaje. Porque no es aprendizaje glorioso, aunque sí feliz. Quiero decir, que aprendo torpemente, sin saber en absoluto si aprendo realmente, dando vueltas y más vueltas, deshaciendo el camino recorrido para darme cuenta, al cabo de unos días, de que ya tenía la respuesta y me había olvidado de ella. A veces puede ser frustrante, pero es importante saberlo y compartirlo.

Alimentar el mito de que las historias se escriben sin resistencia, que para ser un auténtico escritor, un escritor válido, tienen que aparecer ante ti intactas, perfectas, a falta de solo pequeños retoques, es lanzarse a luchar contra el dragón con las manos desnudas. No, cualquiera que sepa de dragones sabe que algo ayuda llevar cota y espada, utilizar el ingenio y contar con amigos.

A lo largo de los siguientes años, de vez en cuando, recordaba aquel lugar del que había leído y con el tiempo también oí hablar de él a personas que habían realizado estancias en la biblioteca.

Había becas para investigadores. Pero, ¿qué quería yo investigar? Sencillamente quería saber más, maravillarme, ir donde no esperaba, escribir, pensar, reflexionar sobre mi trabajo y los desafíos que no hay que perder de vista. No creo que fuese un proyecto de investigación convincente.

Además, tengo que confesarlo, solo hablo español. Es una de mis grandes penas (que debería ser capaz de resolver de una vez). Al leer las bases todas mis esperanzas desaparecieron, pues es imprescindible un dominio razonable del inglés o el alemán. Afortunadamente, mi pareja, que es profesor de Biología en la Universidad y entusiasta divulgador de su disciplina tanto para adultos como para niños, también sintió deseos de conocer este lugar y descubrir qué podíamos aprender aquí. Él, como buen científico, en seguida tuvo un proyecto sensato, medible y práctico: analizar la imagen de los científicos en los libros infantiles. Otro día hablaremos de esto, de momento lo que nos interesa es que él recibió la beca y yo le he acompañado para, de forma independiente, sumergirme en esta biblioteca.

Y, en fin, después de muchos años aquí estoy, en la Internationale Jugendbibliothek de Múnich, en el castillo de aquella fotografía en blanco y negro, ahora con todos los colores del otoño, comenzando a buscar libros tímidamente, comunicándome con sonrisas más que con palabras y preguntándome en qué se convierte aquello que sueñas una vez que tienes la oportunidad de vivirlo.

Teo Muchosdedos

Termina el verano y es el momento de ultimar algunos detalles de los libros que saldrán este otoño. En este momento estamos terminando de dejar listo Teo Muchosdedos, un libro ilustrado por Pere Ginard y publicado por A Buen Paso que llegará a las librerías entre octubre y noviembre.

Pruebas de maquetación, correcciones, últimos cambios… En el caso de los libros ilustrados, álbumes y libros informativos este es un momento doblemente interesante para mí. Por una parte, tienes por primera vez una visión de conjunto del trabajo que han estado realizando los otros miembros del equipo: editora, ilustrador, diseñador. Ahora es un poco menos tuyo y más de todos, y en ese gesto el texto ha crecido, se ha enriquecido y, con un poco de suerte, ha ganado en niveles de interpretación. Por otra parte, ahora que el libro comienza realmente a tomar forma  te enfrentas nuevamente al texto tratando de mantener cierta distancia que te permita ser precisa. Precisa para hacer las correcciones necesarias, pero no más. Precisa para limpiar y despejar, pero no traicionar el tono del texto. Precisa para mejorar, pero no volver loco al maquetador con tus cambios, priorizando lo necesario y aceptando que todo texto podría mantenerse vivo y cambiante a lo largo de tu vida.

ilustración de Pere Ginard para “Teo Muchosdedos”, editorial A Buen Paso 2017

 

Teo Muchosdedos es un cuento sobre jardines y jardineros, sobre la paciencia y el amor por los detalles, sobre la capacidad que tiene el trabajo bien hecho de hacernos felices. Y cuando me siento ahora a escribir sobre su inminente llegada a las librerías, eligiendo algunas de las ilustraciones que ha realizado Pere Ginard y pensando en el cuidadoso trabajo de la editora de A Buen Paso, Arianna Squilloni y en el trabajo siempre esencial del diseñador, Miquel Puig, me doy cuenta de que ese mismo amor de Teo por los jardines lo tenemos muchos por los libros. O por los jardines y los libros. O por los jardines, los libros y  las personas que viven de este modo, tratando de que cada nuevo trabajo sea algo especial, algo en lo que volcar lo que sabemos para que crezca y perdure lo que tenga que perdurar (quizá una radiante estación, quizá cien sabios años).

 

Nos vemos en la Feria del Libro de Madrid

¡Ya está en marcha la Feria del Libro de Madrid! La tarde del viernes 2 de junio, de 18 a 21 h estaré en la caseta de SM (nº 204-205-206) para firmar libros y charlar con aquellos a quienes os apetezca acercaros.

Conmigo estarán El secreto del huevo azul, las dos aventuras de Lila Sacher y tío Argus, y, por supuesto, mi nueva novela, Las Lágrimas de Naraguyá.

¡Será una alegría veros por allí!

Nos vemos en la Feria del Libro de Madrid

¡Ya está en marcha la Feria del Libro de Madrid! La tarde del viernes 2 de junio, de 18 a 21 h estaré en la caseta de SM (nº 204-205-206) para firmar libros y charlar con aquellos a quienes os apetezca acercaros.

Conmigo estarán El secreto del huevo azul, las dos aventuras de Lila Sacher y tío Argus, y, por supuesto, mi nueva novela, Las Lágrimas de Naraguyá.

¡Será una alegría veros por allí!

Lee el primer capítulo de Las Lágrimas de Naraguyá

1 Viaje al Amazonas

Conocí al profesor Méndez siendo niño. Mis abuelos y él eran amigos desde su juventud, mucho antes de que fuese un reputado miembro de la comunidad científica, por lo que en nuestra familia era conocido sencillamente como «el viejo Floren» o «nuestro querido Floren», incluso «el loco Floren». Esto no cambió con los años, ni siquiera en la época en la que estudié bajo su cátedra, cuando Florencio Méndez del Llano se había convertido poco menos que en una leyenda viva.

Era un hombre inteligente y despierto, siempre curioso y acogedor con todos. No es extraño que los estudiantes lo eligiesen, curso tras curso, el profesor del año. Incluso en su vejez, su visión del mundo era amplia e intrépida y, tras disfrutar de su amistad, uno ya no podía volver a ser el mismo. Insuflaba en el ánimo una esperanza y un valor que no creías poseer, agrandando los horizontes y logrando que la vida se revelase en todo momento como una verdadera aventura.

En su despacho de la universidad, al que acudí con tanta frecuencia durante años, había una vieja fotografía enmarcada que yo siempre miraba con curiosidad. El tiempo había oxidado las sales de plata dándole a la imagen un color amelocotonado, tan claro que la selva y el río del fondo se desvanecían hasta desaparecer en los márgenes. Por suerte, el centro de la instantánea se mantenía nítido. En él, vestido con altas botas y pasando un brazo sobre los hombros de otro joven de tupida barba rubia, estaba el mismísimo Flaco Floren, con sombrero de ala corta y todo el aspecto de un curtido explorador.

En esa fotografía apenas tenía veintipocos años, y ya se le veía como sería siempre: flaco, alto, con el pelo castaño algo revuelto. Pero lo que verdaderamente llamaba la atención a quienes visitaban su despacho era que en esa imagen el rostro del profesor todavía no mostraba la terrible cicatriz que todos le conocíamos. Una marca que cruzaba su rostro en diagonal y se perdía bajo el cuello de la camisa, asustándome y fascinándome en mi niñez a partes iguales. Mil y una versiones acerca de aquel primer viaje y del origen de la cicatriz corrían desde hacía años entre los estudiantes, pero lo cierto es que si estaba de humor, y solía estarlo, nadie contaba aquella historia mejor que el propio Floren. Cargaba su pipa, se reclinaba sobre el sillón y, apenas iniciaba su relato, podías sentir a tu alrededor el perfume de la selva y el graznido de las aves levantando el vuelo al paso del buque que le llevó río arriba, desde Macapá, en el delta, hasta el corazón mismo del Amazonas.

En aquellos lejanos días, mientras avanzaban adentrándose más y más en la selva, Florencio Méndez llevaba consigo un único libro. Sus dimensiones, pensadas para guardarlo en cualquier bolsillo, eran tan reducidas que en su portada no cabían más que las tres primeras palabras del título:

Plantas carnívoras desconocidas

Por lo que era necesario abrir el libro por la primera página para conocer el título completo:

Plantas carnívoras desconocidas que pueden acabar contigo

Si semejante encabezamiento no te desanimaba, debías avanzar hasta la segunda página para averiguar el nombre del autor:

Dr. Elton Guills, Universidad de Cambridge

Qué había llevado al profesor Guills a inclinarse por tan espinoso tema, abandonando los invernaderos acristalados de su universidad para adentrarse en las selvas de Borneo o escalar el recóndito monte Kinabalu, era un misterio para sus colegas. Pero tras treinta años de estudio e incesantes viajes, aquel libro, tal y como prometía el título, resumía el trabajo de su vida revelando la existencia de al menos seis nuevas especies de plantas inusualmente voraces.

El único problema, tal como reconocía el propio autor en el prólogo, era que, pese a sus esfuerzos, no había logrado reunir las mínimas pruebas físicas –una hoja, una semilla, un pétalo– necesarias para refrendar sus descubrimientos. El motivo era muy sencillo: aquellos que habían tratado de conseguirlas habían perecido en el intento.

Él mismo había pagado un alto precio por intentarlo. Bastaba observar los dos retratos de Elton Guills que aparecían en el librito para confirmarlo. En el primero de ellos, un dibujo a carboncillo realizado por su ayudante en lo alto del monte Putu, se veía claramente que al profesor le faltaba el brazo izquierdo. Unas páginas más adelante, en un esbozo fechado durante la última de sus expediciones por las selvas de Sri Lanka, se echaba de menos su pierna derecha, sustituida apresuradamente por una pata de palo.

Pese a su avanzada edad y las significativas pérdidas sufridas durante su investigación –incluida la del ayudante que había realizado los retratos y que había cometido el imperdonable desliz de sentarse sobre una Carnivalis domestica–, el profesor continuaba en activo, tal y como se informaba en la solapa del libro.

Fascinado por el trabajo de Guills y deseando encontrar un tema de investigación que le inspirase, Floren había solicitado a la universidad inglesa la dirección actual del profesor. No tardaron en responderle. Hasta donde sabían, su eminente aunque excéntrico colega vivía desde hacía algún tiempo en lo más profundo de la selva amazónica, en un lugar llamado Amor de Dios, una zona extremadamente lluviosa, llena de pantanos y lagunas, donde lo único que uno podía tener la suerte de encontrar era, precisamente, alguna planta hambrienta. Poco después, Floren había enviado una primera carta, llena de preguntas y estimulantes sugerencias, al otro lado del Atlántico, camino de la selva tropical.

Sigue leyendo el primer capítulo

Sobre Las Lágrimas de Naraguyá

Hoy llega a las librerías mi nueva novela, Las Lágrimas de Naraguyá, un relato de aventuras que transcurren en el Amazonas y que publica SM en su colección juvenil,  Gran Angular.

Me hace especialmente feliz esta publicación. Quizá porque disfruté mucho escribiendo esa historia. Quizá porque me recuerda a los días en los que comencé a darle forma.

Aunque escribir requiere rutinas y me paso la mitad del tiempo tratando de lograr ser organizada e imponer cierta disciplina a mi trabajo diario, el origen de las historias suele estar, al menos en mi caso, lejos de la mesa de trabajo.

Recuerdo que comencé a escribir La invasión marciana sentada en el banco de un parque de Barcelona. La idea inicial de Miss Taqui llegó, como no podía ser de otra manera, mientras pasaba la aspiradora. Los coleccionistas tiene su origen en la emoción asombrada de una visita al Museo de Artes Decorativas de Praga y Lila Sacher y los Muelles del Horizonte en un paseo en  velero frente a la ciudad en la que nací y que me pareció redescubrir aquel día.

Comencé a escribir Las lágrimas de Naraguyá en una cabaña en medio de la selva amazónica peruana, durante un inolvidable viaje en el que no tenía planeado escribir una sola palabra. Habíamos buscado un lugar lo más apartado posible esperando sentir la belleza natural de la selva, pero no me hago ilusiones respecto a la intensidad que puede alcanzar la experiencia de adentrarse en la Amazonía para alguien que no deja de ser una turista. Aún así, a salvo en una pequeña casita de madera con su correspondiente pared de mosquitera, sintiendo la caída de la noche alrededor,  puedes respetar y rendirte de amor por la naturaleza que te envuelve. Lo más hermoso, me pareció, eran los extremos del día, quizá por su quietud o porque en esos momentos es mayor la sensación de encontrarte con lo primitivo del mundo. Cuando salíamos temprano en canoa, con el río y los árboles entre la niebla, o al atardecer, con el cielo de colores intensos sobre el verde.

Allí, a la luz de las velas, en una libreta y con letra difícil de descifrar, comencé a escribir la historia de Floren el Flaco y de Meteo, el buscador de meteoritos. Allí nacieron la bella Muyuna y su misteriosa abuela, Victoria Regia, los leales y salvajes caucheros, las temibles Falmígeras Carnívoras, el Lobo de Río y los hermanos Cardoso. ¡Qué placer, inesperado siempre, es escribir sin parar, sin dar apenas abasto para la historia que acude! Con el tiempo me he dado cuenta de que hay que hacer lo imposible por no rendirse antes de hora en esos momentos, por continuar escribiendo, tirando del hilo, hasta donde nos lleve. No significa que todo lo que escribas entonces perdure, pero a menudo en esos momentos la historia adquiere una coherencia interna que tiene una naturalidad, una inevitabilidad, muy costosa de lograr después.

Esas páginas apresuradas quedaron allí, detenidas, mientras el viaje nos llevaba a otros lugares. Pero yo sabía que tenía algo, un comienzo, un atisbo, unos personajes que me hacían desear acompañarlos. Y durante los siguientes meses, ya en casa, seguí rondando aquella selva, tratando de poner nombre a lo que había visto brevemente, construyendo otro viaje, muy distinto pero tan perdurable como para añorarlo tiempo después, cuando la novela quedó terminada.

De todo eso hace ya unos años. Las novelas necesitan reposo, ser releídas y reescritas. Y luego pasan a manos de los editores y hay calendarios y tiempos de espera. Ahora ya está aquí, con esa emoción de la escritura en algún lugar de su interior, con la esperanza de lograr ahora la combustión perfecta y convertirse en emoción lectora.